Rescato un artículo publicado en "rebelión.org" en el 2002, que mantiene toda su vigencia.
Cuando a finales
de la segunda guerra mundial comenzaron a aparecer y difundirse las noticias
sobre los campos de concentración la primer reacción de cualquier persona
medianamente en sus cabales fue la incredulidad. Sin embargo el genocidio no fue
patentado por el nazismo. Provocar la muerte de semejantes en grandes
proporciones parece haber sido una constante más que una excepción en el
catálogo de conductas humanas. Quién más, quién menos todas las sociedades
"exitosas" se edificaron sobre el exterminio de algún "otro". No cabe duda que
si debiéramos confeccionar algún "ranking", los muy civilizados pueblos europeos
marcharían a la cabeza: los españoles en América central y meridional; ingleses
y holandeses en Africa; y sus descendientes puritanos en la parte septentrional
del nuevo continente.
También la Francia revolucionaria tuvo el suyo en
Haití, y Portugal no dejó de construir el propio en sus colonias de ambas
márgenes del Atlántico. A principios del siglo XX igualmente los jóvenes turcos
estrenaron la modernidad tanto tiempo demorada en el imperio otomano tratando de
exterminar al pueblo armenio. La lista es extensa, y hacerla de modo exhaustivo
excede los propósitos de este artículo, y muy probablemente la capacidad de
trabajo de numerosos historiadores puestos a investigar con tiempo y medios
suficientes. Sólo para no ser irremediablemente injustos con los pueblos
orientales se hace necesario recordar el empeño puesto por el Japón en China y
Corea para no quedar fuera de tan prestigiosa competencia. Más cerca, también
los subdesarrollados argentinos - por ejemplo - han obtenido modestos pero
significativos logros en la construcción de su propio genocidio doméstico:
algunos generales tuvieron más suerte y sus hazañas genocidas fueron
recompensadas con dos presidencias, calles a su nombre, y barrocas estatuas
ecuestres; para otros los tiempos fueron crueles y sólo obtuvieron el
reconocimiento de unos pocos fieles de fuertes convicciones,
genocidas...
Sin caer en generalizaciones injustas podríamos no obstante
postular que la historia de la humanidad admite ser contada por la sucesión de
genocidios. Poco quedaría por explicar, e incluso una hipotética historia de las
artes no quedaría demasiado mutilada si fuese interpretada sólo por los efectos
estéticos que la muerte de semejantes produce en la sensibilidad de los hombres.
La visión del "Guernica", por ejemplo, da cuenta en forma bastante completa del
espíritu de la época, sin caer en los excesos del realismo.
Poco podía,
pues, asombrarse el mundo por la matanza de seres humanos, más aún cuando la
segunda guerra mundial había dejado el saldo de 50 millones de víctimas, la
mayoría no combatientes, o - más precisamente - no soldados regulares.
No
obstante esto, el horror ante los crímenes del nazismo conmovió a toda la
humanidad. ¿Qué tuvo de especial? ¿Cuál fue su sello distintivo? Volveremos
sobre esto.
Volveré a mi tierra, allá en Israel...
Es
bastante probable que los "Padres Fundadores" del sionismo, allá por las
postrimerías del siglo XIX, hubiesen subscripto sin demasiadas reservas una
interpretación de la historia que dividiese a los pueblos en "fuertes y
conquistadores" frente a "débiles y sojuzgados", quedando en esta oposición el
pueblo judío en el segundo de los términos. Se trataba, entonces, de conmutar
esta situación. Los sionistas, herederos tardíos de los nacionalismos europeos
de mediados de siglo adscribieron sin restricciones al ideal romántico de la
"Tierra", el "Idioma Nacional" y, como no podía ser de otra manera, un
"ejército", depositario del "honor", el "valor" y las "tradiciones".
En
la mitología de todos los pueblos - hoy se diría: Imaginario Colectivo - el
ejército propio es siempre glorioso y triunfador, constituyéndose en hitos
fundacionales aquellos hechos de armas victoriosos que hayan representado la
conquista de territorio, poblaciones, o - aparentemente menos tangible -
independencia nacional.
Para desgracia de los sionistas había que
rastrear muchos siglos hacia atrás para encontrar alguna batalla de relieve con
triunfo de las armas judías, pero su falta no arredró a los constructores de
leyendas, y entonces, amparándose en los escritos de Flavio Josefo - reconocido
tránsfuga y mentiroso - elevaron a categoría mítica la defensa de Massadá;
fortaleza sureña de Herodes que los tenaces - ¿U obcecados? - zelotes
defendieron durante meses frente a las legiones romanas, prefiriendo el suicidio
colectivo antes que rendirse al invasor, actitud que coadyuvó a la desaparición
de cualquier entidad política judía en Palestina durante casi 2.000 años, pero
se constituyó en ejemplo de heroísmo y resistencia a la opresión para
generaciones de judíos, y también gentiles.
Parecería que el "Complejo de
Massadá" condicionó el código genético del sionismo, a tal punto que la obsesión
por extender las fronteras de la Comunidad hasta 1947, y las del estado de
Israel a partir de esa fecha, fue el alfa y omega de la política sionista. La
opinión sustentada por algunos que identifican esta actitud con la búsqueda de
un "Espacio Vital" debería - sin embargo - ser considerada como un tanto
exagerada. Ciertamente que el estado de Israel adoptó el criterio de las
"Fronteras Vivas", ya desde los tiempos en que jóvenes pioneros se deslizaban
nocturnamente en tierras compradas en el corazón de una zona densamente poblada
por campesinos árabes, levantando lo que el folklore israelí tantas veces cantó
como la gesta de "Torre y Empalizada". Sostenían, los sionistas, que la frontera
se defiende de cuerpo presente, menos con tropas que con trabajadores armados,
para los cuales la retaguardia estaba adelante...
Es fácilmente
verificable que esta posición no ha variado mucho con el correr de los tiempos,
y durante 47 años de ocupación de los territorios conquistados en la "Guerra de
los 6 días" se mantuvo - con altibajos - como política de estado.
Desde
aquellos lejanos días de su "Guerra de Liberación" el nacionalismo sionista, con
variantes más o menos virulentas, no ha dejado de reivindicar su derecho a la
tierra de sus ancestros, a despecho de toda lógica o prueba histórica, ya que -
como dice una canción - "Vinimos a esta tierra a construir y construirnos, por
que nuestra, nuestra, nuestra es esta tierra". La presencia de habitantes
autóctonos que no veían con buenos ojos estas pretensiones era sin duda un
problema, pero, bueno: "Nunca te prometí un jardín de rosas" reconoce la
propaganda sionista desde siempre. La paradoja del nacionalismo, como dice
Hobsbawm, es que "al formar su propia nación, creaba automáticamente el
contranacionalismo de aquellos a quienes forzaba a elegir entre la asimilación y
la inferioridad."
Atrapado en esta paradoja el sionismo no tuvo otra
alternativa que construir un estado racista: para sobrevivir debía segregar. Los
inconvenientes de tal comportamiento estriban en que generalmente se sabe como
comienzan, pero no dónde terminan. Las consecuencias afectaron a judíos y
árabes, y dentro de los primeros más a los de origen oriental (sefardim y
teimanim) que no encajan dentro del estereotipo judío que los "Padres
Fundadores" - rusos, polacos y alemanes - impusieron como medida de todo lo
humano. Baste recordar que el documento de identidad que el estado de Israel
provee a sus ciudadanos contiene un apartado específico para la "nacionalidad"
de su titular. Hay que reconocer que el sionismo no ha caído en la tentación de
sostener prejuicios liberales respecto a la homologación entre "ciudadanía" y
"nacionalidad", distinción aún más reveladora que la simple religión.
No
ha de extrañar - por lo tanto - que las tropas israelíes en operaciones en Gaza
y Cisjordania agreguen el desprecio y el tratamiento humillante hacia los
palestinos a los bombardeos genocidas que cometen con el beneplácito (¿Mandato?)
de los Estados Unidos y la callada complicidad de Europa, amordazada por siglos
de antisemitismo, matanzas y "pogromos", evidentemente Occidente cree
profundamente que las culpas de los padres recaerán sobre sus hijos, habría que
ver hasta que generación.
Nada impide, pues, a los israelíes consumar su
pequeño genocidio, a la medida de un territorio de tan pocos kilómetros
cuadrados, y contra una población total de menos de cuatro millones de personas.
Para sostener la presencia de doscientos mil colonos el estado de
Israel moviliza a sus reservistas, victimiza a su propia población al someterla
a los atacantes suicidas que se autoinmolan, previsiblemente en aquellos que ya
no tienen nada que perder, y comienza a reprimir aún a ciudadanos judíos que
protestan contra una política manifiestamente racista y genocida. Los sionistas
sacrifican aún sus últimos restos de democracia ante el becerro de una "Tierra
de Israel Completa". Incluso la apocada y en retirada izquierda israelí deberá
estar preparada para que los controles que ahora sufren los palestinos sean
cotidianos en Tel-Aviv y Haifa. Es el precio de vivir en una dictadura: nunca se
sabe cuando puede volverse contra uno mismo.
Muy claras son las cosas, y
la honestidad impone llamarlas por su nombre: al crimen de guerra, al crimen de
lesa humanidad, y al genocidio. La destrucción de toda la infraestructura que
posibilita la vida humana en conglomerados urbanos es un crimen contra la
humanidad. El bombardeo de áreas civiles desprotegidas es un crimen de guerra, y
la demolición de edificios civiles y residencias particulares con seres humanos
adentro es genocidio. De poco les servirá tratar de ocultarlo al mundo: lo verán
en sus ojos cuando crucen miradas. Lo sentirán cuando sus hijos les pregunten:
¿Y tú que hiciste en la guerra, papá?
Y sin embargo. Israel está
cometiendo un genocidio, su primer ministro es un asesino despiadado y
calificarlo de "nazi" no está lejos de la realidad, pero:
Ramalah no es
Auschwitz. Como esto no es gratuito, trataré de explicarme.
La vida es
bella
¿Qué hace especial al genocidio nazi? ¿Por qué no admitir la
semejanza con otros?
A diferencia de ciertas interpretaciones no le
otorgo una relevancia especial al hecho de que su principal víctima haya sido el
pueblo judío.
Es cierto: siglos de antisemitismo europeo facilitaban la
elección. Los judíos eran el "otro" que debía ser eliminado para mayor gloria de
la raza superior y revancha de la humillación de Versalles.
El judío
contaba con importantes ventajas a la hora de encontrar una víctima
propiciatoria: estaba allí, era visible, sus conductas podían ser descriptas
sencillamente como esotéricas, y no contaba con fuerzas armadas propias o ajenas
que lo defendiesen. No obstante, la pregunta inicial subsiste: ¿Qué tuvo de
especial el Holocausto en comparación a otros genocidios? Vayamos por
partes.
Es complicado hoy en día escribir sobre los campos de
concentración. Por un lado están las imágenes de Spielberg: ese blanco y negro
tan bien utilizado, esa simplificación para hacer los conceptos asequibles al
norteamericano medio. La guerra estaba justificada en la enorme maldad de los
alemanes, y entonces expedito el camino para realizar lo que verdaderamente le
interesaba al lacrimógeno de Steven: ¡Busquemos juntos al soldado Ryan! Si en el
camino no lo hallamos seguramente recogeremos unos cuantos millones para paliar
su pérdida. Es doblemente gratificador ganar dinero y ser políticamente
correcto. Naturalmente que para respetar el tono dramático, y no ser acusados de
simplistas deberemos elegir un rostro atormentado y que despierte sentimientos
contradictorios. Nadie quiere que lo acusen de crear personajes monofacéticos
cuando se tienen pretensiones intelectuales, y el Schindler fílmico debe mostrar
mucho, para ocultar el carácter del Schindler verdadero: un capitalista puro y
duro en viaje de negocios por lo que él consideraba Polonia, y los judíos el
infierno.
Por otra parte, y para ser completamente sinceros, tampoco
resulta sencillo escapar a la visión oligofrénica de Begnini: uno no ve la hora
de que los alemanes lo despachen, de antipático que resulta ese filicida
peligroso para cualquiera que lo frecuente. Sin guerra el hijo de ese padre
indudablemente que se hubiese convertido en un pelele inútil para defenderse de
cualquier agresión, ofreciendo continuamente la otra mejilla, o - más
propiamente - dejándose explotar calladamente, dado que pese a todo "La vida es
bella".
Merecidamente ganadora de un Oscar por su idiotez, la película
cumple a la perfección la función que su cretino director imaginó: nada puede
ser - al fin y al cabo - tan terrible. Aún en el infierno podemos encontrar
motivos para la sonrisa, así que después de todo un campo de concentración no
era demasiado distinto a cualquier escuela con un régimen un tanto
estricto.
La "Cosificación" del prisionero de un campo de concentración
la reproduce Begnini para sus espectadores: Aceptando sus premisas podemos
descartar al pensamiento racional. De nada sirve la reflexión, sólo los
sentimientos cuentan. Hay hombres buenos y malos, eternos, inmutables, idénticos
a sí mismos en todo tiempo y lugar. Imposible pervertir a los buenos, y - por el
segundo principio aristotélico - tampoco es factible redimir a los malos.
Unicamente queda decidir quién es quién. ¡Qué triunfo para Noche y
Niebla!
Quizá únicamente Iván Denisovich, en sólo 24 horas, haya sido
capaz de transmitir la deshumanización fundamental que discurre tras los días y
noches, dónde el terror se instala en el alma, y la incertidumbre - tan humana -
sobre el futuro, se mide por minutos. El campo de concentración es ese lugar en
el que los seres humanos aprenden que el área de sus intereses y afectos se
superpone con la propia piel, y la capacidad de supervivencia se mide en
decibeles de sometimiento: un gesto mínimo puede separar la vida de la
muerte.
La capacidad de sufrimiento humana parece correr paralela a la
línea descendente de la abyección, de la cual los guardias de los campos parecen
haber estado particularmente provistos, nacionalidades al margen.
Y aquí
vuelve la pregunta, si los campos de concentración fueron un fenómeno no sólo
acotado al régimen nazi, entonces: ¿Cuál es la particularidad del Holocausto
frente a otros universos concentracionarios?
Tiempos
Modernos
Veamos:
1) Utilización integral de todos los
recursos
2) Aprovechamiento de los "Subproductos"
3) Optimización
de los tiempos
4) Organización piramidal y centralizada
5)
Descentralización operativa
6) Efecto "Multiplicador" sobre el conjunto
de la economía
7) Minimización de costos
8) ¡Maximización del
Beneficio!
Este listado podría perfectamente ser el encabezado de algún
memorándum interno en cualquier empresa que pretenda ser "Competitiva". No sería
desatinado conjeturar que Taylor mismo lo hubiese suscrito sin
reservas.
Los métodos capitalistas de producción puestos al servicio del
exterminio. ¿Cuál es la forma más eficiente de convertir los cuerpos en
humo?
Una vez aceptada la premisa inicial sólo hay que poner manos a la
obra. Metódicamente se rescata el oro oculto en las dentaduras. La cadena de
producción está científicamente diseñada para optimizar los recursos, nada de
idas y venidas improductivas. Los trenes deben llegar a horario para evitar
"tiempos muertos" en la utilización de las cámaras de gas.
La
organización es fundamental: cada pieza destinada a volatilizarse es
identificada indeleblemente, a cada judío su número. No hay tiempo que perder,
los administradores deben cumplir con su cuota semanal y mensual. Si es
necesario se harán horas extra.
La buena administración es la madre de la
productividad. Los insumos críticos deben ser encargados con suficiente
antelación, por supuesto se puede confiar en la calidad y capacidad de la
industria germana, que cierra importantes contratos de provisión al
estado.
Tras los primeros intentos tradicionales, o artesanales, el
estado nazi comprendió que la aniquilación de millones de seres humanos sólo se
podía realizar con los métodos de producción en gran escala, y sistematizó de la
manera más eficiente la conversión de cuerpos vivos de carne y hueso en
humo.
¡Qué insignificantes resultan los anteriores genocidios frente a la
ciclópea tarea emprendida por el nazismo!
El siglo XX produjo el primer
genocidio planificado, industrial, científico. ¡Racional!
¡La apoteosis
del capitalismo! La industrialización de la muerte. Miles de administradores,
capataces y operarios aplicados con germánico tesón a producir la mayor cantidad
de humo en el menor tiempo posible y al costo más bajo, partiendo de una materia
prima abundante.
Cada trabajador en su puesto, frente a la cadena de
montaje, y el resultado final se mide en metros cúbicos de un humo denso y de
olor característico, según los testimonios más conspicuos.
Final poco
feliz
Es difícil extenderse en el tema para quién tiene antepasados
que fueron materia prima para este proceso, como el autor de estas líneas. No
sería del todo irrelevante que alguien con mayores conocimientos y capacidad
desarrolle la hipótesis aquí planteada sobre la especificidad del
Holocausto.
No, definitivamente Palestina no es Auschwitz. Pero la
monstruosidad de uno no hace menos horrible al
otro.
PROGRAMA EL TREN DEL 21 DE ENERO DEL 2025
-
El martes 21 de enero del 2025 El Tren no tuvo invitados. Durante el
programa se abordaron y analizaron diversos temas. La restitución de la
nieta 139...
Hace 5 horas.