
Bella Ciao, una versión "pulenta pulenta"
martes, 6 de septiembre de 2011
Top Five de las radios más escuchadas

miércoles, 6 de julio de 2011
Historia de un gaucho
Peor lo pasaron mis hermanas, quienes después de proporcionar al dueño de dicha estancia su consuetudinario derecho de pernada terminaron en un prostíbulo de Pehuajó, que por aquel entonces era un centro comercial y financiero de importancia en el el interior de la provincia de Buenos Aires.
Con los años pude independizarme y monté una pequeña empresa para proveer de servicios a los esforzados colonos, quienes de tanto rascarse las bolas en las estaciones de servicio desarrollaron paspaduras muy acuciantes. Dicho servicio consistía en la aplicación, vía rectal, de una dosis de esperma bovino, el cuál – créase o no – obraba maravillas sobre el síntoma de la picazón. Naturalmente, como todo remedio – veneno al fin – generaba algunas consecuencias secundarias no deseadas, como por ejemplo la aparición de pilosidad en regiones faciales impensadas, vbg.: el paladar.
Así las cosas, no tuve oportunidad de pagarme una educación – ni formal ni de ningún tipo – y aprovecho este espacio para informarme e iluminarme, dado que el éxito de mi actividad empresarial me permite pasar horas frente al monitor de una bonita notebook.
Me permito, por lo tanto, recomendarles – a riesgo de ser considerado un metido – la antedicha actividad económica. El mercado es amplio, y el precio del servicio asegura una rentabilidad superior a la media.
Respetuosamente suyo."
udi
jueves, 20 de enero de 2011
Otros Evangelios (Completo)

Para todos aquellos que en el último mes dudaron maliciosamente acerca de la continuidad de los “Otros Evangelios” llega el merecido castigo: no sólo que aquí termina la meneada saga, sino que el polígrafo del Barrio La República la publica completa.
Para solaz de sus seguidores (escasos, pero valiosos) y desdicha de sus detractores (que son legión, para estar a tono con el texto).
I
Umberto Eco
Sabida es la fascinación que los relatos herméticos ejercen sobre el imaginario de lectores poco entrenados, o mentalidades relativamente débiles. Consciente de tal circunstancia Umberto Eco pergeñó, a mediados de los '80 una novela que, montada sobre la universal repercusión que unos años antes había obtenido "El nombre de la rosa", fue uno de los acontecimientos editoriales más esperados del fin del cortísimo siglo XX.
"El péndulo de Foucault", de él hablamos, despertó en un servidor, aún antes de su salida a la luz, un irresistible afán por adquirirlo.
Así son los mortales, querido lector: se figuran que poseyendo un objeto se apropiarán, por alguna especie de mágica transubstanciación, de los saberes y poderes que en su esencia se compilan.
Naturalmente hube de leerlo, acometiendo la lectura con el afán de lucirme frente a una señora cuya atención me interesaba despertar por aquellos tiempos y a quién esperaba secretamente seducir con mis profundas reflexiones en torno a la obra del semiótico piamontés. Ya fue dicho, pero nunca está de más reiterarlo: son incontables las estupideces, empresas y actos heroicos que son capaces de realizar los hombres con el objeto de conseguir una cita con una mujer. Postula - incluso - una secta fundamentalista que " todo" lo que el hombre hace en su corta vida es con este objetivo. Dejaremos este punto librado a la conciencia de cada uno, no por esquivar el bulto - dios nos libre - sino por exceder los propósitos de este modesto artículo.
Emprendí, pues, la lectura del citado "péndulo.." con el doble deseo de encontrar placer en sus páginas, y generar las condiciones para obtenerlo con el concurso de otro, citando los mejores capítulos con verba florida, hondas consideraciones, y espíritu galante.
Pero nada es tan fácil en la vida, y la comprensión de ciertos pasajes, escritos en un latín nada perspicuo, se reveló infructuosa a las primeras lecturas. La trama, empero, mantenía su interés, más allá de ocasionales derivaciones.
El apropiado ambiente para una novela intelectual y sofisticada es - naturalmente - una editorial, lugar al que llegan exponentes de toda la gama de la inteligencia humana, que es limitada; y de la estulticia, que - se sabe - es infinita.
Por elevada y erudita que parezca la actividad editorial no deja de tener su costado crematístico, al cual no hay que descuidar, so pena de atentar contra la vida espiritual que discurre en estos ámbitos. No por conocido el viejo refrán pierde validez: "Bien me quieres, bien te quiero: no me toques el dinero". Es decir: amén de templo consagrado a la promoción de los más altos valores humanísticos y científicos una editorial es un negocio que debe manejarse según los irrefutables cánones que mandan obtener beneficios materiales (el máximo posible, agrego, recordando viejas lecturas).
Así las cosas, en la editorial que Eco nos presenta creen firmemente que lo único imprescindible son los autores. Los hipotéticos lectores son vistos como un agregado simpático, pero cuya existencia no es crucial para la continuidad de
II
Udi
Unos años después, cuando ya el semiólogo devenido novelista de fama universal había publicado - y un servidor comprado y leído - un indigesto mamotreto al que tituló - algo pomposamente, opino - "La isla del día de antes", me ocurrió un acontecimiento singularísimo. A la búsqueda de un viejo tratado sobre la incidencia de las enfermedades venéreas en la moral de las tropas fascistas durante la guerra civil española. (Parece que las cuatro columnas que al final entraron a Madrid, a encontrarse con la quinta, estaban estragadas por la sífilis, que también Franco habría padecido).
Encontré, decía, en el fondo de un estante casi carcomido por la polilla un volumen amarillento, de tapas resquebrajadas cuyo título, apenas legible, era "Memorias de Judas". Vaya a saber por qué - no se me conoce por mi apego a los evangelios, canónicos o apócrifos, precisamente - decidí abrirlo.
Si tú, querido lector que me conoces y frecuentas, te muestras sorprendido, permíteme expresarte que mi asombro en ese momento fue aún mayor. El autor de esa obra era, habrás adivinado, Petruccelli della Gattina, que encima cargaba con el poco eufónico nombre de pila de Ferdinando.
Me creí dentro de una novela: yo era un personaje de Eco, que en realidad es un personaje de Petruccelli della Gattina. Como en un juego de espejos enfrentados llegué a pensar que el único real en esa historia era Petruccelli, que imaginó un novelista, que postuló un lector: un servidor.
Tuve un leve acceso de pánico, que llegó y pasó, pero dejó un sedimento importante.
En efecto: ¿Quién fue Petruccelli della Gattina? El libro en cuestión poco explicaba. Una edición española de 1937, papel de baja calidad, pie de imprenta cuanto menos dudoso, traductor ignoto y datos del autor lacónicos que excitaron mi curiosidad sin satisfacerla, como divisar desde la acera a través de una ventana un destello de seda que descubre una pierna. Un giro y un frú-frú de cortinas que caen. Conocemos la calle y el número. Pero, ¿Quién es esa belleza entrevista?
En ese estado de ánimo acudí al propietario del mohoso establecimiento, viejo librero catalán, reliquia de la guerra civil anclado para siempre a la vera del Paraná. A fuer de conocer su mercadería el viejo refugiado debería poder informarme sobre ese libro y su autor.
Algo sabía el veterano anarquista, y tal como me lo dijo, sin quitar ni poner una coma, es que ahora lo transmito a Ustedes, mis respetables, pacientes, y - lamentablemente - escasos lectores. No por ello menos apreciados, por supuesto.
III
Petruccelli della Gattina
Italia, a mediados del siglo XIX, era un conglomerado de pequeñas formaciones políticas, herederas de la restauración monárquica y clerical de 1815. Los Borbones, la Casa de Savoia y otras familias igualmente honestas y tolerantes se repartían el territorio peninsular, salvo aquellas comarcas regidas por la férula papal. Es en este contexto en el que se desenvuelve nuestro hasta ahora ignoto autor. Petruccelli nace en 1815, de familia noble. Padre y tío masones; a instancias de una abuela pía y piadosa es educado en conventos y seminarios, de los cuales fue invariablemente echado por irreverente. Estudia medicina en Nápoles. Y se convierte en un periodista, escritor y militante político que en 1848, año de la primer comuna, se juega la cabeza en la revolución liberal napolitana. Casi la pierde, dado que la policía borbónica le pone precio. Huye a Francia. Va y viene intermitentemente a Inglaterra. Es expulsado de Francia, en 1852...y en 1859...y en 1871, después de intervenir activamente durante la primavera de la comuna, antes que las tropas de la aristocracia alemana intervengan para salvar a la burguesía francesa.
Durante estos años participa de la unificación italiana, es electo diputado, combate a la iglesia y es expulsado nuevamente. En 1868 escribe su obra máxima: "Memorias de Judas", en francés. Esto no le reporta mayores simpatías de parte del partido clerical, pero a esta altura de su vida podemos conjeturar que no le debe haber importado en demasía. Petruccelli della Gattina muere, siendo diputado y ya menos jacobino, en 1890, ciego, paralítico y condenado al olvido. Como dijera Cervantes tres siglos antes, no es recomendable toparse con la iglesia, sus odios son longevos.
Este es, pues, el autor del poco explícito volumen que había caído en mis manos. La información proporcionada por mi ácrata librero no moderó mi curiosidad, antes bien
IV
Judas
¿Cómo se veía a Judas, personaje estigmatizado si los hay, en el siglo XIX, romántico y revolucionario? Petruccelli da en el clavo: para reivindicar a Judas lo transforma en un nacionalista, y pone en su boca argumentos que, a los oídos de aquellos que luchaban contra los imperios ya en decadencia, serían más que incontrastables. El Judas de Petrucceli guarda similitudes con un personaje (o persona...) que recién hemos descubierto. Criado en cuna aristocrática se convierte en tránsfuga y adopta la causa del pueblo. Educado en la tradición y el respeto a la religión instituida se transforma en un escéptico, cuando no cínico. Judas es un organizador nato, su ideal: la unificación de Judea en un reino soberano que restaure las glorias antiguas. Ideal, por otra parte, sospechosamente parecido al de Garibaldi, bajo cuya bandera combatió Petruccelli della Gattina.
Las memorias fraguadas por Petruccelli dan cuenta de un ambiente de inminente rebelión contra el Imperio, nada original, dado que los judíos se la pasaban de rebelión en conspiración y de protesta por los impuestos en rechazo a adorar la efigie del César. Apoyándose en la historia de Flavio Josefo, Petruccelli nos pinta una Judea plagada de bautistas, profetas, santones y líderes guerrilleros. Parecería que el país del cual brotan la leche y la miel está maduro para una rebelión que expulse a los romanos, pero necesita un líder carismático. Judas lo busca, sabedor que esa tierra produce profetas en abundancia, y lo encuentra.
Es un muchacho un tanto ignorante de los usos y maneras refinados que los romanos han introducido en Judea – la civilización, vamos – de buen corazón, pero demasiado ingenuo y compenetrado en el papel que otros han elegido para él. Naturalmente Jesús, de él hablamos, tiene ideas propias sobre la situación política y su rol en ella. Y la embarra, por no dejar las decisiones importantes en manos de quién realmente las comprende, es decir: Judas. Influido por brutos como Pedro (quién lo negó tres veces, pero supo arrepentirse a tiempo) Jesús cumple un papel que Judas no había pensado para él. Renuncia al liderazgo y se sacrifica. Judas maldice la oportunidad de revolución perdida, pero, conmovido por el gesto de Jesús, así y todo no lo abandona. Soborna a los centuriones y lo baja de la cruz, aún vivo, para llevarlo a vivir a...Roma, nada menos. Jesús, contrariado en su deseo de ser sacrificado, muere de pena al poco tiempo, no sin antes hablar largo y tendido con un tal... Saulo de Tarso, judío helenizado, comerciante próspero y cosmopolita, quién ve allí material para abonar ciertas ideas que había conocido en un viaje iniciático por Oriente.
Judas, incansable, continúa conspirando para obtener la liberación de su patria.
Hasta aquí,
Así, pues, Petruccelli no sólo existía sino que era autor de una obra prolífica como agitador político y una novela histórica que postula una visión revolucionaria sobre uno de los momentos más cargado de significados en la historia de occidente. Petruccelli reivindica a Judas, tan execrado por los evangelios canónicos y la patrística tradicional. Y su explicación es verosímil. Todos los personajes de la pasión desfilan por las páginas de las "Memorias...", diciendo y haciendo lo que debieron haber dicho y hecho, en forma más creíble, incluso, que en los contradictorios evangelios canonizados por
Tenemos entonces, queridos lectores, a Umberto Eco, a Petruccelli della Gattina y a Judas. ¿A dónde nos llevará esta línea? Se pregunta, un tanto confuso e indeciso vuestro autor, polígrafo de muchas temáticas, escaso talento y ningún renombre. Hay una máxima de oro en la literatura argentina del siglo pasado: "Cuando no tengas nada interesante por decir, siempre puedes glosar a Borges". Hacia allí vamos, entonces.
V
Jorge Luis Borges
Pocos tópicos escaparon del escrutinio de nuestro mayor vate. Algunos mejor tratadas que otros, justo es reconocer.
Postulando universos o series de ellos, conjeturando repeticiones infinitas, imaginando aleatorias secuencias temporales u horrorizando con la mera posibilidad de recordarlo todo; Borges no vaciló en re-escribir sobre todo aquello que - a su juicio - merecía una segunda visita.
En 1944 se publica "Artificios", en cuyo prólogo el autor nos advierte sobre la "ejecución menos torpe" de ciertas piezas que lo componen, entre ellas "El Sur" y "Funes el memorioso" quizás el habitante más famoso de Fray Bentos hasta la erección de Botnia. Al final del prólogo, y en tono casi casual, reconoce Borges el "remoto influjo" de León Bloy "en la fantasía cristológica (sic) titulada Tres versiones de Judas".
¿Quién es Judas para nuestro "Nobel-que-no-fue? Fiel a su estilo de hacer decir a otros en forma directa aquello que él piensa en forma oblicua, Borges postula un teólogo, a lo que cualquier hijo de vecino se atreve; y una teología, que ya es algo más.
Nils Runeberg, nos dice el autor de "Fervor de Buenos Aires", enseñó en la universidad de Lund, que - según su página web - se encuentra en el sur de Suecia y fue fundada en 1666. Acaso Borges ignoraba este dato. No sería del todo improbable que, de haberlo sabido, no le atribuyese connotación alguna en especial. Es sabido de su renuencia a clasificar los fenómenos más allá de la mera probabilidad estadística. Quizás el maligno decidió influir en él para que situara a su personaje en una institución que fue creada en el año que contiene de forma harto evidente "su" número, tal vez no. En un universo cuyas reglas pueden ser modificadas por el azar de una lotería este hecho no podría investir ningún significado especial.
Asumamos entonces a Runeberg, a quién - todo hay que decirlo - las autoridades de la universidad de Lund no juzgaron oportuno incluir en parte alguna de su website, siendo, quizás, su representante mas famoso. En efecto, el nombre "Nils Runeberg" aparece en 1838 enlaces web, mientras que
Dejemos a lo ingratos y fríos suecos y volvamos a Borges y su Judas.
Runeberg - Borges - explora el papel de Judas en la "economía de la redención" y llega a la conclusión, a todas luces lógica, que el miserable papel desempeñado por quién luego sería el epítome de la traición estaba contemplado en el plan divino; Judas, consciente de la divinidad cumple con su rol de reparto y entrega a su maestro para que el drama se consume.
Efectivamente, dirían los refutadores de leyendas, entre cuyas filas muchos militan sin saberlo: ¿qué necesidad había de recurrir a un tercero - cualquiera - para identificar a un galileo que predicaba diariamente en el templo y que había ya comparecido ante los doctores de la ley? La traición era entonces, funcional al sacrificio divino: Los hombres, representados en Judas, el discípulo más amado, se sacrifican asumiendo el más ignominioso de los crímenes, la traición. ¿Algo rebuscado, no? También el poeta de Palermo debió pensarlo, y unas líneas más abajo abunda en esa línea.
Judas, hace decir Borges a Runeberg, mortificó su espíritu así como los ascetas mortifican
No se detiene el autor de “El Sur”, y avanza con una tercera tesis, que el mismo define diciendo: “El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa.”
Aquí el acto de Judas se inviste del inconmensurable amor que Dios sintió por los hombres. Tanto los amó Dios que realizó su plena humanidad encarnando en la más ínfima de las criaturas, la más rastrera, aquella que todas las culturas aborrecieron: el traidor. Más aún, se convierte en el traidor por antonomasia. Ese, pues, es Dios, infiere Borges, que aún contando con “los considerables recursos que
Curiosa hipótesis, o no tanto, que remitiría a incesantes y muy borgeanas repeticiones.
Hasta aquí, mis queridos y pacientes lectores, las versiones de Judas según el poeta mayor de
Vuestro autor, presionado por algunos lectores ávidos de sensacionalismo y que no renegarían de ver su poco difundido nombre arrastrado por el fango, debe apresurar esta entrega de su trabajo por capítulos. En fin, ya el mismo Dowstoiesky supo de estos avatares.
Por consiguiente, y antes que los reclamos se conviertan en franca desaprobación, amén de insultantes insinuaciones respecto al oro del vaticano (¡Ay! Antes fue el de Moscú) resumiremos el actual estado de nuestra modesta investigación al momento: de Umberto Eco hemos pasado, bastante airosamente, al hasta ahora injustamente olvidado Petruccelli della Gattina (ciertamente, hasta aquí, quién más simpático me ha caído). De éste a Judas, cuyo enigma persiste, y en la búsqueda de sus motivaciones hemos singlado hasta Jorge Luis Borges, cuyas costas – hay que reconocer – permiten aproximarse desde todos los mares de
Sin más, entonces, y ejerciendo la soberanía que me confiere ser – para bien y para mal – el honrado, sí que limitado, autor de estas líneas, nos dirigiremos hacia nuestro nuevo puerto: El evangelio de Judas, según la prestigiosa, y poderosa, National Geographic.
VI
El evangelio de Judas
Un poco antes de la celebración de las Pascuas del 2006 se dieron a conocer las conclusiones a las que arribó un grupo de investigadores que, con el poco interesado patrocinio de
Quizás esta supervivencia nos hable de cierta predestinación, quizás el azar sí tenga alguna extraña incidencia en los asuntos humanos, teoría que – no sin algún esfuerzo – sustenta ciertos filósofos que soportan estoicamente los embates de un siglo cargado de genuflexiones hacia el imperio de la razón científica. “Paciencia, maestro” dirán los hombres sensibles, “Siempre nos queda la poesía”.
Como sea, el texto, laboriosamente traducido ¿Interpretado? no representó sorpresa alguna para los estudiosos de esta materia. En efecto, los llamados “Evangelios Gnósticos” fueron conocidos, discutidos y rebatidos – quizás con tenacidad digna de mejor causa – por sus contemporáneos, varios de los cuales fueron famosos y reconocidos santos de
Tradicionalmente se acepta que fue un francés quién dio por zanjada la cuestión relativa a cuales evangelios debían ser aceptados y cuales no. En realidad San Ireneo, a él nos referimos, nació en el Asia Menor, pero ejerció su obispado y escribió sus principales obras en Lyon, que quizás por aquel entonces aún fuese conocida como Lugdunum, como la llamaron los romanos. Apoyándose en criterios históricos muy en boga por aquellos tiempos (año 190 más o menos) Ireneo postuló que sólo cuatro de todos los evangelios circulantes por aquella época debían ser aceptados.
(Queda así resuelto, de paso y no como objetivo de estas líneas, el verdadero origen de la pretensión de los franceses en ser árbitros de todas las disputas. Desde la teología hasta la moda, sin dejar de lado la filosofía, si bien en esta disciplina han encontrado siempre dura competencia en los alemanes. El tiempo resolvió la cuestión, decantando los germanos por las distintas variaciones del idealismo – incluyendo el materialismo histórico – y los galos por el crudo racionalismo.)
Continuando con el tal Ireneo, el deficiente estado de los caminos por aquella época no permitió que las conclusiones a las cuales arribó este santo varón (y que fueron adoptadas por el Papa) llegasen rápidamente a todos los confines del hasta por entonces aún no dividido Imperio Romano. Así, algunos fieles cristianos, a los cuales no se les pasó nunca por la cabeza cuestionar el poder y sabidurías de
Volviendo entonces a nuestro tema, los “evangelios de Judas”. Es universalmente aceptado que el núcleo duro de su mensaje, y la única razón de su existencia – postulan algunos – es la reivindicación de éste fascinante personaje y los motivos de su conducta respecto a su maestro. En efecto, por centurias los cristianos se preguntaron el por qué de este acto de abyecta vileza que se presenta en el itinerario de aquel que venía a – precisamente – redimir a los hombres. El “evangelio de Judas” lo responde, económicamente, hay que agregar, con un argumento que si bien no deja de tener sus puntos oscuros aparece aportando una cuota de credibilidad mayor que las versiones un tanto “inocentes” de los evangelios reconocidos, sobre todo aquellos que explican el acto de traición con el manido expediente de recurrir al “Deus ex machina”, alegando una intempestiva y extemporánea irrupción del “Maligno” en el alma del discípulo ¿Preferido? de Jesús.
Tal como siglos después lo escribiera Dumas, «El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y para bien del Estado. ». A Judas, al parecer, no le quedó constancia alguna de su obediencia, pero, de ser cierta la especie, debe estar riéndose en el cielo, a la diestra del Hijo, y un par de peldaños abajo del Padre.
Hay aquí un tema que los evangelios conocidos dejan en cierta nebulosa en su relato sobre la vida y hechos de Jesús, y es la participación en este derrotero de los apóstoles: siempre preguntando, siempre temerosos, a punto de abandonar a su dirigente en cualquier situación, simples “partenaire”, se diría. Esto fue subsanado posteriormente, introduciendo los “Hechos de los Apóstoles”, pero este relato se refiere a su actividad después de la muerte y resurrección de Jesús. Los apóstoles son presentados muy sumariamente en los evangelios, y – en el caso de aquel que nos ocupa – su apodo “El Iscariote” es interpretado de diversas maneras. Una de las más aceptadas es la que lo explica por derivación de la palabra “sica”, un tipo de espada que solían utilizar los guerrilleros urbanos judíos de
Judas, entonces, era probablemente un tipo de armas llevar, y puede que esto lo haya diferenciado de los otros apóstoles, quienes – salvo Mateo, recaudador de impuestos – eran campesinos y pescadores galileos, es decir: provincianos. Podemos, sin arriesgar demasiado, inferir que no eran parte de la clase ilustrada precisamente. Tal vez por eso fueron elegidos, quién sabe. Como sea, algo se conoce de Judas, era el que llevaba la bolsa con el dinero para afrontar los gastos en común. Esto sugiere una cierta dosis de confianza por parte de Jesús, no sólo en su honestidad sino en una mediana capacidad para llevar una mínima contabilidad y – por qué no – la confección de algún rudimento de presupuesto. El hecho de que fuese uno de los primeros en acompañarlo también podría ser considerado como una señal de preferencia. De cualquier modo, Judas no encajaba muy bien con el resto de los seguidores del galileo, quienes – sin alejarnos mucho de la verdad – podrían bien ser caracterizados como palurdos. Petruccelli, ciertamente, no se priva de hacerlo.
A partir del siglo XVIII, con la ilustración, empezaron a ser escuchadas voces que instaban a una lectura diversa de los evangelios, del antiguo testamento, y – todo llega – del papel de Judas en la lógica de la redención.
Comenzaba la crítica bíblica, curiosa disciplina que tanto sirve para un lavado como para un fregado, pero que tiene en su haber el mérito de ser la predecesora de la moderna lingüística. Fueron los herederos de Lutero los más aplicados estudiosos de los textos que hasta entonces muy pocos se habían atrevido a cuestionar. Surgen entonces interpretaciones que refutan, basándose en contradicciones de los evangelios, ciertos pasajes de estos confrontándolos con los conocimientos históricos disponibles para esos tiempos. Del estudio del estilo se infiere la época en la que fue escrito determinado pasaje, y se comienza a relacionar el sentido de los textos con las necesidades políticas que incitaron al autor en su momento. Innegablemente grandes males se han derivado de estos métodos, pero eso también forma parte de otra historia, que – si la suerte ayuda a vuestro polígrafo – contaremos en otra oportunidad.
Hasta ese entonces, para todos aquellos que hayan llegado hasta este punto: ¡Salud!
jueves, 16 de diciembre de 2010
Otros Evangelios
Aquí, en dos partes de 3 capítulos cada una, la versión final - corregida y aumentada - de los "Otros Evangelios", abandonada por más de 4 años en la papelera de un servidor.
Ojalá les guste !
I
Umberto Eco
Sabida es la fascinación que los relatos herméticos ejercen sobre el imaginario de lectores poco entrenados, o mentalidades relativamente débiles. Consciente de tal circunstancia Umberto Eco pergeñó, a mediados de los '80 una novela que, montada sobre la universal repercusión que unos años antes había obtenido "El nombre de la rosa", fue uno de los acontecimientos editoriales más esperados del fin del cortísimo siglo XX.
"El péndulo de Foucault", de él hablamos, despertó en un servidor, aún antes de su salida a la luz, un irresistible afán por adquirirlo.
Así son los mortales, querido lector: se figuran que poseyendo un objeto se apropiarán, por alguna especie de mágica transubstanciación, de los saberes y poderes que en su esencia se compilan.
Naturalmente hube de leerlo, acometiendo la lectura con el afán de lucirme frente a una señora cuya atención me interesaba despertar por aquellos tiempos y a quién esperaba secretamente seducir con mis profundas reflexiones en torno a la obra del semiótico piamontés. Ya fue dicho, pero nunca está de más reiterarlo: son incontables las estupideces, empresas y actos heroicos que son capaces de realizar los hombres con el objeto de conseguir una cita con una mujer. Postula - incluso - una secta fundamentalista que " todo" lo que el hombre hace en su corta vida es con este objetivo. Dejaremos este punto librado a la conciencia de cada uno, no por esquivar el bulto - dios nos libre - sino por exceder los propósitos de este modesto artículo.
Emprendí, pues, la lectura del citado "péndulo.." con el doble deseo de encontrar placer en sus páginas, y generar las condiciones para obtenerlo con el concurso de otro, citando los mejores capítulos con verba florida, hondas consideraciones, y espíritu galante.
Pero nada es tan fácil en la vida, y la comprensión de ciertos pasajes, escritos en un latín nada perspicuo, se reveló infructuosa a las primeras lecturas. La trama, empero, mantenía su interés, más allá de ocasionales derivaciones.
El apropiado ambiente para una novela intelectual y sofisticada es - naturalmente - una editorial, lugar al que llegan exponentes de toda la gama de la inteligencia humana, que es limitada; y de la estulticia, que - se sabe - es infinita.
Por elevada y erudita que parezca la actividad editorial no deja de tener su costado crematístico, al cual no hay que descuidar, so pena de atentar contra la vida espiritual que discurre en estos ámbitos. No por conocido el viejo refrán pierde validez: "Bien me quieres, bien te quiero: no me toques el dinero". Es decir: amén de templo consagrado a la promoción de los más altos valores humanísticos y científicos una editorial es un negocio que debe manejarse según los irrefutables cánones que mandan obtener beneficios materiales (el máximo posible, agrego, recordando viejas lecturas).
Así las cosas, en la editorial que Eco nos presenta creen firmemente que lo único imprescindible son los autores. Los hipotéticos lectores son vistos como un agregado simpático, pero cuya existencia no es crucial para la continuidad de la empresa. A los fines de obtener la indispensable rentabilidad se debe, pues, contar con una permanente afluencia de autores ansiosos de ver su obra en letra de molde. Deseo, por otra parte, muy humano y comprensible, y cuya potencia es tal que los futuros editados, paladeando ya las mieles de la fama - módica, de aldea - aceptarán participar en los costes de producción de la primera tirada, en un porcentaje apenas superior al ciento por ciento. Por supuesto, para lograr esta disposición de espíritu la editorial habrá de incurrir en ciertos gastos de representación que deslumbren a los futuros clientes, digo, autores. Una de estas inversiones en relaciones públicas es el otorgamiento de un premio anual a la creación literaria, un año en verso y otro en prosa. Y aquí llegamos a la causa de estas líneas: el premio en cuestión llevaba el nombre de "Petruccelli della Gattina", al que - en mi ignorancia - atribuí un origen fantástico. Entiéndaseme bien: creí que Umberto Eco ponía allí ese nombre como quién escribe, qué sé yo, Juan Pérez o John Doe. En el contexto parecía verosímil mi conjetura. Pero las cosas, querido lector, son siempre más complejas de lo que uno supone.
II
Udi
Unos años después, cuando ya el semiólogo devenido novelista de fama universal había publicado - y un servidor comprado y leído - un indigesto mamotreto al que tituló - algo pomposamente, opino - "La isla del día de antes", me ocurrió un acontecimiento singularísimo. A la búsqueda de un viejo tratado sobre la incidencia de las enfermedades venéreas en la moral de las tropas fascistas durante la guerra civil española. (Parece que las cuatro columnas que al final entraron a Madrid, a encontrarse con la quinta, estaban estragadas por la sífilis, que también Franco habría padecido).
Encontré, decía, en el fondo de un estante casi carcomido por la polilla un volumen amarillento, de tapas resquebrajadas cuyo título, apenas legible, era "Memorias de Judas". Vaya a saber por qué - no se me conoce por mi apego a los evangelios, canónicos o apócrifos, precisamente - decidí abrirlo.
Si tú, querido lector que me conoces y frecuentas, te muestras sorprendido, permíteme expresarte que mi asombro en ese momento fue aún mayor. El autor de esa obra era, habrás adivinado, Petruccelli della Gattina, que encima cargaba con el poco eufónico nombre de pila de Ferdinando.
Me creí dentro de una novela: yo era un personaje de Eco, que en realidad es un personaje de Petruccelli della Gattina. Como en un juego de espejos enfrentados llegué a pensar que el único real en esa historia era Petruccelli, que imaginó un novelista, que postuló un lector: un servidor.
Tuve un leve acceso de pánico, que llegó y pasó, pero dejó un sedimento importante.
En efecto: ¿Quién fue Petruccelli della Gattina? El libro en cuestión poco explicaba. Una edición española de 1937, papel de baja calidad, pie de imprenta cuanto menos dudoso, traductor ignoto y datos del autor lacónicos que excitaron mi curiosidad sin satisfacerla, como divisar desde la acera a través de una ventana un destello de seda que descubre una pierna. Un giro y un frú-frú de cortinas que caen. Conocemos la calle y el número. Pero, ¿Quién es esa belleza entrevista?
En ese estado de ánimo acudí al propietario del mohoso establecimiento, viejo librero catalán, reliquia de la guerra civil anclado para siempre a la vera del Paraná. A fuer de conocer su mercadería el viejo refugiado debería poder informarme sobre ese libro y su autor.
Algo sabía el veterano anarquista, y tal como me lo dijo, sin quitar ni poner una coma, es que ahora lo transmito a Ustedes, mis respetables, pacientes, y - lamentablemente - escasos lectores. No por ello menos apreciados, por supuesto.
III
Petruccelli della Gattina
Italia, a mediados del siglo XIX, era un conglomerado de pequeñas formaciones políticas, herederas de la restauración monárquica y clerical de 1815. Los Borbones, la Casa de Savoia y otras familias igualmente honestas y tolerantes se repartían el territorio peninsular, salvo aquellas comarcas regidas por la férula papal. Es en este contexto en el que se desenvuelve nuestro hasta ahora ignoto autor. Petruccelli nace en 1815, de familia noble. Padre y tío masones; a instancias de una abuela pía y piadosa es educado en conventos y seminarios, de los cuales fue invariablemente echado por irreverente. Estudia medicina en Nápoles. Y se convierte en un periodista, escritor y militante político que en 1848, año de la primer comuna, se juega la cabeza en la revolución liberal napolitana. Casi la pierde, dado que la policía borbónica le pone precio. Huye a Francia. Va y viene intermitentemente a Inglaterra. Es expulsado de Francia, en 1852...y en 1859...y en 1871, después de intervenir activamente durante la primavera de la comuna, antes que las tropas de la aristocracia alemana intervengan para salvar a la burguesía francesa.
Durante estos años participa de la unificación italiana, es electo diputado, combate a la iglesia y es expulsado nuevamente. En 1868 escribe su obra máxima: "Memorias de Judas", en francés. Esto no le reporta mayores simpatías de parte del partido clerical, pero a esta altura de su vida podemos conjeturar que no le debe haber importado en demasía. Petruccelli della Gattina muere, siendo diputado y ya menos jacobino, en 1890, ciego, paralítico y condenado al olvido. Como dijera Cervantes tres siglos antes, no es recomendable toparse con la iglesia, sus odios son longevos.
Este es, pues, el autor del poco explícito volumen que había caído en mis manos. La información proporcionada por mi ácrata librero no moderó mi curiosidad, antes bien la exacerbó. Me propuse leer la obra de un tirón, postergando otras lecturas más urgentes pero menos necesarias, decidiendo no dar importancia al estilo farragoso que, anticipé, correspondería a la época y al canon decimonónico.
Continuará...
lunes, 6 de septiembre de 2010
Sólo por hoy
- ¿Mate o café? – preguntó Rosa, levantándose de la reposera de mimbre, y tranquilizándome un poco: me sentía observado. Más aún, sus ojos pardos que siempre tuvieron el poder de atravesarme parecían escarbar en cada signo que el paso del tiempo había dejado sobre mi cara, mis manos, mi pelo o mi figura.
- ¿Conseguís yerba? – dije por decir, y mientras lo decía tuve conciencia de lo estúpido de mi pregunta.
Lo dejó pasar, dándose cuenta de mi incomodidad.
- Vení, ayudame con el mate.
Me acerqué a la cocina jugueteando con un llavero que tomé de la mesa.
- Dame eso – me dijo, con una mirada casi maternal – Si no, lo vas a terminar perdiendo, como perdés siempre todo, hasta las cartas sin mandar.
No supe que hacer con mis manos, y mientras apagaba el cigarrillo en un plato sucio esbocé una caricia en su pelo, mucho más corto que entonces.
En silencio giró hacia mí y nos abrazamos y comencé a llorar en el cálido hueco de su hombro, quedamente, sabiendo – como se sabe a los cuarenta y pico – que uno no llora por los demás, siempre se llora por uno mismo, por lo que somos, lo que pudimos ser, las ilusiones perdidas – o, peor – abandonadas.
- Te quiero – dije, sabiendo lo patético que resultaba expresarlo después de mas de veinte años – Siempre te quise, y aunque esto ahora te importe muy poco me alivia muchísimo haberte encontrado para ser sincero conmigo mismo.
- Seguís siendo un chico. ¿Cuándo vas a crecer?
Había caminado bajo la llovizna insidiosa de esa ciudad desconocida y esquiva durante casi una hora. El llamado telefónico, en vez de tranquilizarme o darme ánimo avivó mi natural indecisión:
- ¿Rosa?
- Sí, ¿Quién habla? – dijo en castellano, reconociendo, sólo por la forma de pronunciar un nombre, el idioma en que fue expresado.
- Gabriel...
- ¿Gabriel? ¿Gabriel...de...?
- Soy yo, Rosa, Gabriel.
- ¿Dónde estás? ¿ No me digas que...?
- Estoy en Praga. Vine al congreso de Lingüística. ¿Podemos vernos un rato. Digo, tengo la tarde libre. ¿Vos podés?
- Vení ahora. ¿Sabés llegar? Yo voy a trabajar en casa toda la tarde. Venite ya.
- Bueno, en un rato llego. Chau
- Chau, chau, un beso.
Salí caminando del hotel, sin saber hacia dónde.
Mas de veinte años después iba a decir lo que siempre supe que debí haber dicho, y – a pesar de tantos golpes recibidos – aún sentía miedo. ¿Me animaría a enfrentar a los fantasmas de mi pasado?
No terminaba de pensar en la frase que ya me avergoncé de lo cursi y demodé del estilo introspectivo: ¿Fantasmas de mi pasado? Si hasta parecía sacado de un culebrón venezolano. “Los ricos también lloran”; “Yo, amor mío, no puedo amarte, por que yo: soy tu padre.”. Impostaba mentalmente la voz mientras en una segunda pista musicalizaba la escena y mi costado profesional imaginaba el título de mi próximo ensayo: “Una Gramática de la telenovela. Aproximaciones al lenguaje televisivo finisecular” por el profesor tal y tal, licenciado en tal cual, etcétera.
Pronto comprendí que en realidad lo que estaba haciendo era evadirme de la decisión que debía tomar: Sin lugar a escapatorias, Rosa estaba allí, a pocos minutos de distancia, después de muchos, demasiados, años y miles de kilómetros. Recordé con dolor esa oportunidad, hacía quince años, cuando en ocasión de cursar un posgrado en Florencia supe que Rosa estaría allí por unos días, en casa de alguien vagamente conocido. Recordé, regodeándome en humillarme por mi cobardía, cómo caminé una noche entera por esas callejuelas entonces desconocidas sin animarme a tocar el timbre en ese apartamento cuyas señas quemaban el arrugado papel en el fondo de mi bolsillo; y cómo, ya entrada la mañana, volví a la pensión estudiantil dónde paraba para armar un bolso apresurado y salir a recorrer Italia por los quince días que Rosa iba a estar en Florencia.
- Pura cobardía – alegué, sin esperar ser creído. – Nunca me animé a enfrentar que mi vida fluía tan plácidamente sólo por seguir la línea de menor esfuerzo; transitar los caminos que otros – familia, relaciones sociales, académicas, políticas – diseñaban para mí.
- Cada tanto me llegaban noticias tuyas, alguien te había visto, o me mandaban por correo algún artículo tuyo en los diarios, antes de internet, por supuesto. Aunque te parezca extraño ahora tengo casi todos los textos tuyos que circulan por la red. Algunos son demasiado técnicos para mí, pero los leo igual. Es una forma de estar cerca, de tenerte un poco.
Rosa me miraba mientras hablaba, cebando un mate de vez en cuando, con un vago acento que me costaba reconocer, y apelando a expresiones idiomáticas lejanas, ancladas en un país que existió hace veinte años. Dicen que el exilio es morir un poco; en realidad mueren los otros, los que se quedan y – como todos los muertos – no envejecen, permanecen eternamente iguales en nuestros recuerdos, igual que el lenguaje, que existe, vive y crece cuando circula entre muchos, pero muchos, un país entero, por ejemplo. En boca del exiliado el idioma va muriendo, y secando la lengua que lo pronuncia, hasta que huye incluso de nuestros sueños, para reaparecer un instante antes de la muerte, cuando todos los hombres claman por su madre.
- Una vez – dijo de pronto – me fui a Italia por que me dijeron que estabas allá, pero cuando fui a buscarte a un hotel de Florencia, dónde había no sé qué congreso, ya te habías ido. Te juro que si te encontraba estaba dispuesta a matarte, sí, no te rías, soy capaz, o lo era, por lo menos.
El encuentro, la primera mirada, fueron casi torpes. ¿Cómo saludarnos? ¿Con un beso apasionado, como la tarde de 1978 cuando en la escalerilla del tren juramos encontrarnos en un mes, máximo dos, en un territorio mas propicio para el amor que ese país traspasado por la muerte cotidiana que nos tocó vivir? ¿Cómo podría tocar su mano sin atraerla hacia mi cuerpo, y fundirnos en un abrazo interminable? Me di cuenta que ella también lo había pensado, y lo resolvió dejando la puerta abierta.
- Pasá – dijo – mientras se acercaba con las manos ocupadas con un bol y una espátula. – Estoy haciendo una torta – y me ofreció una mejilla, mientras besaba el aire a mi lado.
- No sabía que horneabas – dije estúpidamente, dado que: ¿Qué sabía yo de Rosa? ¿Quién era, en realidad, esa mujer de unos cuarenta años, aún atractiva desde un punto de vista objetivo?
A fuer de sinceros debí presentarme, puesto que ¿Por qué debería saber Rosa quién era ese barbado profesor de Lingüística de una Universidad de segundo orden de un país de cuarta? ¿Por qué debía ella reconocer, tras el barniz de los años, la serena apariencia burguesa y la ropa de buen corte al joven que rezumaba rebeldía? ¿Por qué ese maduro caballero utilizaba el nombre de quién la enamoró recitando a Neruda después de una asamblea en la que su palabra fue la mas aplaudida?
- Vení, sentate – me ofreció, mientras me señalaba una silla bastante descuadernada.- ¿Hasta cuándo te quedás?
- ¿Cuándo vas a crecer – repitió, suspirando. – Claro que me importa, idiota. ¿Cómo puede a alguien no importarle que lo quieran? Yo también te quiero, nunca dejé de pensar en vos, y también te odio – por supuesto – por tu indecisión, por no haber sido el padre de los hijos que nunca tuve. Te odio por que por las noches, y en los brazos de cualquiera siempre imaginé que eran los tuyos. Te odio por tu amor módico, homeopático. Te odio por no jugarte, por ir por el camino más fácil. Y ahora, después de tanto tiempo pasado, venís a decirme que me querés. ¿Qué es el amor para vos? Te quiero, decís. ¿Y eso qué significa? “No puedo vivir sin vos” o acaso”Vivamos juntos el resto de nuestras insignificantes vidas”, o solamente “Echémonos un polvo”, cortito, como tu módico amor, por que te quedás hasta el vienes y querés volver con la conciencia tranquila a tu vida de siempre.¿Querés redimir en un segundo de honestidad años de silencio y de traición? Te voy a decir algo mas – finalizó Rosa, sin dejar de cebarme un mate – te veo y aun me caliento; me gustaría que me abraces, que me beses, que me desvistas y me pases despacio la mano entre las piernas. Pero si lo hiciera – dejar que me toques, digo – me sentiría sucia, contaminada por tu pusilanimidad, y ya que estamos en tren de llamar a las cosas por su nombre te diría que aunque tengas la pija dura tu alma es blandengue, como diría mi sobrino: “No tenés aguante”. O, si preferís, no hay en vos temple suficiente para merecerme, salvo que sufras lo que yo he sufrido. Y ahora andate – dijo – sin rencor en su voz.
Recorrí a pie los pocos kilómetros hasta el hotel sin dejar de canturrear “Óleo de mujer con sombrero” de Silvio Rodríguez, deteniéndome siempre en la misma estrofa.
Ya van dos años que vivo en Praga, sobreviviendo con lecciones de español para el cuerpo diplomático checo. No me quejo, la paga no es mucha, pero mis necesidades son pocas. Por las tardes, mientras Rosa trabaja en la agencia de turismo, limpio su departamento o lavo su ropa. Algunas veces me he masturbado con su ropa interior, creo que ella lo sospecha, pero no me dice nada. Por la noche cuando vuelve – casi siempre sola – me saluda desde la puerta y me habla en checo, que ya domino bastante bien. Yo espero hasta medianoche en la vereda de enfrente, hasta que apaga la luz.
Los fines de semana de sol la sigo hasta algún parque y la miro desde lejos mientras lee recostada en el césped, como siempre le gustó.
La semana pasada me invitó a pasar. Nevaba mucho. Me convidó con vodka, y escuchamos música hasta que me dijo que me fuera.
- No te confundas – dijo – fue sólo por hoy.