Bella Ciao, una versión "pulenta pulenta"

sábado, 6 de marzo de 2010

Décimas: Se le cayó el antifaz al menta´o Chile exitoso

Mi amigo Beto, chileno de Chile y más chileno en el hemisferio norte, escribe esta ma-ra-vi-lla.
Otra vez la literatura, tal parece, nos ilumina más que cien sesudas editoriales.
¡ Salud, Beto ! y ¡ Viva Chile, mierda !

Décimas:

Se le cayó el antifaz

al menta´o Chile exitoso.

Se le cayó el antifaz

al menta´o Chile exitoso,

el terremoto alevoso

mostró su cara voraz

.

 

- 1 -

En Febrero veintisiete

tres y treinta e´ la mañana,

Chile a hora temprana

se estremeció por entero.

Todo el litoral costero

con un sacudón tenaz,

prolongado y pertinaz

botó casas, edificios,

al modelito de oficio

se le cayó el antifaz.

- 2 -

De Temuco hasta Santiago

se vivió el terremoto,

seguido de un maremoto

que hizo un feroz estrago.

Tras este hecho aciago

terrible y doloroso,

daños en vidas cuantiosos

y también estructurales,

deja al desnudo los males

al menta´o Chile exitoso.

-3 -

En el país del “mercado”

la ayuda llega a goteras,

pues lo social es quimera

y el pueblo sigue olvidado.

Todo está privatizado

en manos de poderosos,

en medio de los destrozos

el pueblo busca atajo,

pues hundió mas al de abajo

el terremoto alevoso.

- 4 -

Solidaridad no existe

la mató la dictadura,

la unidad no tiene anchura

se hace escasa y es triste.

Este sistema es un quiste

socialmente ineficaz,

para todos es agraz

con toda su contumacia

el modelo en la desgracia

mostró su cara voraz.

- Despedida-

En fractura geológica

se asienta el Chile actual,

más la fractura social

es enorme y antológica.

Esta verdad apológica

la destapó el terremoto,

y ese Chile “cototo”

arrogante y altanero

muestra el modelo fulero

en este país ignoto.

 

Beto

3 de Marzo 2010

martes, 2 de marzo de 2010

como te digo una co te digo la o



Posición de Clarín frente al pago al FMI con reservas del banco central en 2005
Monto pago 9. 810 millones de dólares (sobre un total de reservas de 27.000 millones de dólares)
Ratio: 36,3 %Posición de Clarín frente al pago con reservas del banco central en 2010

Monto pago 6.500 millones de dólares (sobre un total de reservas de 47.700 millones de dólares)
Ratio: 13,6 %Conclusión: Clarín aprende de sus errores y gira a la izquierda...

udi
(robado a Diego K.)

jueves, 25 de febrero de 2010

"Les haré una oferta que no podrán rechazar"



No sé porqué, ante la magistral jugada del zorro de Anillaco, me acordé de este diálogo...

"Se podrían decir muchas cosas, pero ante una de las secuencias más perfectas de la historia del cine en todos los sentidos, uno sólo puede callarse y disfrutar.

VITO CORLEONE
Nos conocemos hace muchos años y por primera vez vienes a pedirme ayuda. Ya casi no me acuerdo de cuando dejaste de invitarme a tu casa a tomar café. Y creo que mi mujer es madrina de tu hija. Pero hablemos claro. Nunca has querido mi amistad. Te asustaba tener relación con nosotros.

BONASERA
No quería correr ningún peligro.

VITO CORLEONE
Entiendo. Tu paraíso era América. Tenías tu negocio, la vida te iba bien, la policía velaba tu sueño con la ley, y no me necesitabas. Pero ahora vienes a mí a decir: "Don Corleone, pido justicia". Y pides sin ningún respeto. No como un amigo. Ni siquiera me llamas Padrino. En cambio, vienes a mi casa, el día de la boda de mi hija a pedirme que mate por... dinero.

BONASERA
Lo que pido es justicia.

VITO CORLEONE
Eso no es justicia. Tu hija está viva.

BONASERA
¡Quiero que sufran! Como ella. ¿Qué tengo que pagar?

VITO CORLEONE
Bonasera, Bonasera. ¿Qué he hecho para que me trates con tan poco respeto? Si hubieras mantenido mi amistad, los que maltrataron a tu hija lo habrían pagado con creces. Porque cuando uno de mis amigos se crea enemigos, yo los convierto en mis enemigos. Y a ése le temen.

BONASERA
¿Amigos...? Padrino...

VITO CORLEONE
Bien. Algún día, y puede que ese día no llegue, acudiré a ti y tendrás que servirme, pero hasta entonces amigo, acepta mi ayuda en recuerdo de la boda de mi hija.

BONASERA
Gracie Padrino.

VITO CORLEONE
Prego."

miércoles, 24 de febrero de 2010

Deudas

Saqué un crédito, a pagar:
con sonrisas que no vendo,
con amor que nadie quiere,
con un cuento que no tiene
ni principio ni un final,
y un poema, matinal,
destinado a perecer.
Ya lo ves, estoy en quiebra,
no tengo con qué abonar,
la cuenta que sin dudar
me presentará la vida.
Por comprar y no pagar,
por no poder o saber,
o quizás por no querer,
pensar que todo es vender.
No distingue mi acreedor
ni tan siquiera un segundo,
"Así es la gloria del mundo",
me repite: "¡Tan fugaz!"
"Hoy estás en el Colón,
y mañana en el Veraz"

udi, 24 de febrero de 2010

lunes, 22 de febrero de 2010

Socialistas y Estancieros

Siguiendo con la costumbre inaugurada hace ya mucho, de robar a mansalva, el polígrafo del barrio La República tiene el agrado de someter a la consideración de sus calificados seguidores las diatribas de una docente santafesina.
La desmesura de algunos epítetos, las conclusiones arriesgadas y las caracterizaciones tajantes pertenecen a la susodicha autora, quién no retrocede un ápice de sus convicciones, asegura, ante la demanda de cierta moderación por parte de este cronista, algo alarmado ante la posibilidad de perder algunos subsidios, módicos pero no por eso menos necesarios.
Aquí, pues, la opinión que el gobierno socialista de Santa Fe le merece a esta docente, quién - a mor de precisión - revista en las filas de aquellos que Brecht catalogó como imprescindibles.

Socialistas y estancieros

"Si hay una consigna que recuerdo de las multitudinarias marchas en las que participé durante la década del ’80, fue aquella que repetíamos algunos jóvenes cuando a nuestro lado circulaban las columnas del Partido Socialista Popular: ¡Estévez Boero, socialista y estanciero!

Claro que al legendario caudillo- digo legendario porque a mis veinte años una persona de cincuenta ya me parecía muy grande- no se le movía un pelo cuando pronunciábamos esa frase que a todas luces resultaba un oxímoron casi tan absurdo como hablar de un silencio atronador o de un helado caliente.

Me habían educado en el concepto de que en el socialismo la tierra era para quien la trabajaba. Me habían contado que tras las revoluciones socialistas triunfantes, una de las primeras medidas que había adoptado el nuevo Estado había sido la de expropiar a los expropiadores y repartir las tierras entre los campesinos.

Nada de eso proponían en su programa aquellos atildados estudiantes y profesionales que en ese entonces formaban parte de la militancia de ese partido, que a mis ojos y mis entendederas era lo más parecido a un hermano menor del Partido Radical.

El paso de los años me fue demostrando que lo mío no era una mera intuición, y que nada de nuevo había en esa organización fundada en 1972 que tuvo su cuna en Rosario.

Desde 1989 esta bendita ciudad viene siendo gobernada por esto que se da a llamar “socialismo”.

Tras casi dos décadas de gestión en la municipalidad, los socialistas llegaron a la gobernación a través de una alianza similar a la vieja Unión Democrática que enfrentó a Perón allá por 1946.

El 2 de septiembre del año 2007, Hermes Binner, el flamante gobernador electo, frente a una multitud que lo acompañaba para festejar en el Patio de la Madera, tuvo su primer lapsus al reivindicar que habían “usado” para la campaña la canción dedicada a Pocho Lepratti, “El Ángel de la bicicleta”. ¡Y vaya si usó la figura de Pocho para construir esta gran mentira!

Tras más de dos años de gestión, Hermes Binner no ha cumplido con ninguna de las promesas que les hizo a los familiares de las víctimas de aquel diciembre trágico. Había dicho que brindaría a los familiares y miembros de la comisión Investigadora No gubernamental toda la información y documentación en manos del Estado provincial sobre la crisis y represión de diciembre del 2001. Documentación que echaría a luz sobre la responsabilidad que le cabe a Reutemann en esta masacre. Había dicho que conformaría una comisión de juristas independientes para que analizara y emitiera opinión sobre el accionar de los poderes del Estado- en particular el judicial- frente a los hechos de diciembre del 2001. Había prometido asistir a los familiares de las víctimas y resolver la reparación mediante los organismos competentes (Fiscalía de Estado y/o Congreso) porque esto representaba un deber indelegable del Estado, en tanto que hubo 7 homicidios en los que se comprobó la culpabilidad de efectivos de la Policía de Santa Fe.

Cada tanto el señor gobernador monta un sainete mediático y habla pestes de su contrincante Carlos Alberto Reutemann. Cada tanto entre ambos se dicen alguna que otra palabreja ofensiva. Pero lo cierto es que hasta la fecha el ex gobernador de apellido alemán no ha tenido que rendir cuentas ante la justicia ni por los crímenes de diciembre de 2001, ni por los muertos de la inundación en el 2003. Una inundación que se podría haber evitado si él mismo no hubiera ordenado cerrar las estaciones de medición del río Salado y hubiera hecho las obras necesarias.

Si Oliverio Girando tuviera que escribir una versión agiornada de “Los amantes” describiendo el vínculo entre Binner y Reutemann, probablemente andaría garabateando estos versos: “Se agreden, se denuestan, se insultan, se recriminan, se reprochan, se enfurecen, se calman, se piensan, se ubican, se aproximan y se abrazan “.

Sí, señores, se abrazan en algunos gritos de “corazón”: ¡Retenciones cero para el agro! ¡Viva la Santa Federación de terratenientes! ¡Vivan los monopolios y los grandes evasores de impuestos de la Provincia de Santa Fe! ¡Honremos la deuda externa!

El gobernador Hermes Binner tuvo el buen gesto de buscar en una base datos las direcciones de todos los docentes de la Provincia de Santa Fe, y les mandó una carta a sus domicilios en la que les prometía que su trabajo sería dignificado y que se aumentaría el presupuesto para educación y salud.

Tan buenos gestos tuvo durante su campaña, que se comprometió ante toda la ciudadanía a mejorar todos los servicios que brinda la provincia sin que eso implique mayores erogaciones por parte de los usuarios.

Tan preocupado está el señor gobernador por dignificar la educación, que sigue subvencionando con el 100% a escuelas privadas que cobran $600 de cuota y tienen aire acondicionado en las aulas, mientras se niega sistemáticamente a comprar ventiladores de techo para las escuelas públicas. ¿Será mucho pedir un ventilador para nuestros niños que duermen hacinados en rancho con techo chapas? ¿Será un abuso reclamar para ellos- aunque sea por cuatro horas- un lugar más agradable para poder estudiar?

A más de dos años de las bellas promesas que recibimos los santafesinos, hay escuelas públicas que se caen a pedazos, cargos docentes que no se crean, salas de 3 años que se cierran porque la educación para los pobres sólo es obligatoria a partir de los cinco años, bebés que revuelven la basura junto a sus mamás porque no hay jardines maternales públicos donde dejarlos, maestros que hacen malabares para pagar un alquiler y darles de comer a sus hijos porque el sueldo no les alcanza y no hay planes de viviendas para ellos, hospitales sin los insumos básicos, trabajadores del Estado que desde hace años reclaman su pase a planta permanente para poder acceder a un mísero aguinaldo y a una precaria obra social.

Tan socialista es este gobierno, que pese al deficiente servicio de energía eléctrica que nos presta la EPE, ha decidido aumentar las tarifas de la luz. Tan socialista es, que ha dispuesto que los que menos tenemos recibamos un aumento del 100% del impuesto inmobiliario, mientras para calcular el inmobiliario rural se mantiene valuada en $533 una hectárea, cuando su valor de mercado real es de 18 mil pesos en la Provincia de Santa Fe.

Tan preocupado está por dignificar a los docentes el señor Hermes Binner, que ha decidido que para el nuevo concurso de ingreso los aspirantes deberán hacerse una nueva carpeta médica porque la que hicieron hace 20 años - a principio de su carrera- o hace un mes ya no les sirve. Así que orina en mano y en ayunas, los docentes tuvieron que presentarse en el hospital del Centenario y hacer una larga cola, porque de lo contrario serían desestimados del escalafón.

No hay legislación que establezca que un trabajador que viene desempeñándose en una misma repartición deba realizarse más de una vez el examen preocupacional, pero este gobierno socialista es tan creativo, que siempre inventa nuevas cosas. O quizá no tan nuevas, porque la cola en la que se seleccionaba a quienes servían y no servían para trabajar, fue un sofisticado invento alemán de hace apenas siete décadas. ¿Qué pasará con aquellas personas que hace veinte años que trabajan en la docencia y a las que los exámenes, obviamente, no les darán los mismos resultados que al inicio de su carrera?

El señor gobernador afirma que los trabajadores estatales merecen estar mejor pagos. Por eso ha dispuesto para ellos un 7% de aumento que apenas alcanza para cubrir la tercera parte de la inflación que hubo el año pasado.

El señor gobernador critica el estilo K y dice que la señora presidente es muy autoritaria. Por esta razón, y para no parecerse a ella, ha puesto a cargo de la cartera educativa a la señora Élida Racino, que es una mujer preparada para hacer sonar el silbato en cualquier momento y jubilar a todo aquel que se atreva a pedir una explicación a sus esquizofrénicas órdenes y sus exóticos experimentos. ¿Será que para la Señora Racino en esta provincia también hay gente con ánimo destituyente? ¿Será que el señor gobernador heredó el carácter de patrón de estancia del fundador de su partido?

¿Será que el apellido del ex gobernador, si se pronuncia en alemán, se dice “Roiteman”, y que, como las cosas sigan así, en poco tiempo tendremos que decirle al actual Herr Binner?"

Claudia Abraham

viernes, 19 de febrero de 2010

¿De que cornos hablamos cuando hablamos de "Deuda Externa", eh ?


Mis estimados, consecuentes y ¡Ay! pocos seguidores:
Hace tiempo que quería aclarar ciertos conceptos sobre la "Deuda Externa" (así, con mayúsculas).
La falta de tiempo, y de conocimientos, conspiró contra esta loable intención. Pero el polígrafo del barrio La República no se da por vencido tan fácilmente, no.
Así que - ante las carencias antes citadas - decidí recurrir al trabajo y la sabiduría de un amigo, que son la sal de la vida, aprovecho para editorializar.
Aquí van, pues, estas "Notas sobre la deuda al 30-09-2009", producto de la inteligencia y la pasión de un intelectual rosarino que me honra con su amistad.

"SOBRE LA DEUDA, DEUDORES, ACREEDORES, BENEFICIARIOS Y RESPONSABLES"
CPN Sergio Arelovich

Hace rato que ando con ganas de escribir algo sobre esto, porque mi impresión es que desde la izquierda, el progresismo y las alternativas hay una reivindicación de consignas de los ochenta que - a mi juicio - han envejecido porque las circunstancias han cambiado profundamente.

Lo siguiente es nada mas que un punteo de cuestiones, siempre subjetivas e incompleto, que me parece debiéramos pensar, conversar, discutir, si nuestro propósito es superar la simple consigna para pegarle a algún grupo político o ganar una discusión, panel, mesa redonda, guerra de volantes u obtener determinado tenor de una declaración pública. Desde mi perspectiva, se pueden hacer muchas cosas en torno de la problemática de la deuda, pero bien diferentes a las que enarbolan las consignas realmente existentes. Pienso que el PROPÓSITO CENTRAL de toda estrategia, dado el actual estado de cosas es obtener un RESARCIMIENTO ECONÓMICO por - al menos - una parte de lo mucho sacrificado por el pueblo argentino e inducir una SANCIÓN PENAL a responsables y a beneficiarios. Hablar de responsables incluye – entre otros - a los Poderes Ejecutivos, Legislativos y Judiciales involucrados. Los gobiernos democráticos que supimos conseguir homologaron todo lo actuado por la dictadura, deuda que ya prácticamente se ha esfumado, pero queda la nueva deuda tomada en democracia, incrementada notablemente durante los noventa por los efectos de la privatización de las jubilaciones y pensiones. Este efecto fué muy importante porque explica el 80% (si el OCHENTA por ciento) del incremento de la deuda pública entre 1994 y 2001 y explica además el 75% (si el SETENTA y CINCO por ciento) del déficit fiscal acumulado en esos años. Y como si fuera poco lo hecho por los presidentes, tenemos lo hecho o lo no hecho por los senadores y diputados. Todos los años, las cámaras deben analizar, aprobar o rechazar la Cuenta de Inversión que remite el Poder Ejecutivo. La cuenta de inversión es la ejecución efectiva del presupuesto, dentro del cual está el endeudamiento, sus cancelaciones y sus servicios. Ninguna Cuenta de Inversión fué rechazada, es más ..... la mayoría de ellas ni siquiera fué tratada y por tanto queda aprobada en forma ficta después de los cinco años. Acá habría una veta para trabajar, si diputados y senadores con disposición pondrían sobre la mesa las cuentas de inversión de los años 2004 inclusive en adelante (las no prescriptas) , pero ya anticipo que la presencia del canje en 2005 inhabilita buena parte de lo que imaginamos porque también fué acompañada por la legislatura.

  1. Cuando se habla de la deuda externa, se está hablando - por una enorme confusión existente - de la deuda pública de carácter financiero de la Administración Central del Estado Nacional.
  2. Por lo tanto esto NO incluye la deuda de las empresas del estado nacional, de la ANSES, de las provincias, de los municipios, etc.
  3. Dicha deuda pública es externa sí y sólo si (como diría un matemático), el acreedor es NO residente en Argentina y por el contrario es interna si el acreedor es residente en Argentina.
  4. Al 30/9/2009 (último registro completo de la deuda pública de la Administración Nacional, que involucra a la Administración Central y a los Organismos Descentralizados) , la deuda pública - traducida a dólares al tipo de cambio existente a esa fecha, ascendía a U$S 140.517.034.143,05. Esto no incluye la deuda no canjeada en el 2005 (a la que se identifica erróneamente con los holdouts) que sumaba a la misma fecha (30/9/2009) con intereses vencidos unos U$S 30 mil millones.
  5. La externa - según mi estimación - sumaba aproximadamente el 47.5%, es decir el equivalente a unos U$S 66.7 mil millones de dólares. El resto era interna, los acreedores RESIDEN en Argentina.
  6. Entonces, lo que hay ver es la composición tanto de la deuda interna como externa en lo que hace a sus ACREEDORES, para no cometer errores de apreciación política. Ejemplo: una porción importante de la interna lo es para con los futuros jubilados, porque el acreedor es la ANSES, por lo tanto reivindicar el NO PAGO es cuanto menos una estupidez inaceptable. Es dinero que a) el tesoro nacional le pidió prestado a la ANSES después de la estatización de las AFJP's y b) Títulos Públicos que las AFJP's habían comprado al estado nacional, cuya cartera fué transferida al momento del cambio del régimen previsional. La porción más importante de la externa está compuesta por Títulos Públicos que son los del canje de deuda de 2005, a muy largo plazo y en general con baja tasa de interés.
  7. Dentro de la deuda se encontraba la que tenía por acreedor al FMI. Ningún gobierno nacional elegido por el voto popular la cuestionó ni en sus montos, ni en sus tipos de interés. ni en sus condiciones de contratación. Y el de Kirchner, simplemente la canceló de un saque. Lo que no se puede pedir al FMI es que devuelva la plata (nadie puede alegar su propia torpeza dirían los leguleyos), pero no significa que no se puedan hacer otras cosas.
  8. También está la deuda con el llamado Club de París, aquí si que se podría reivindicar la investigación, la que seguramente puede ameritar un pedido importante de QUITA. Y también está la deuda que no ingresó al canje, frente a la cual mi opinión es que habría que reivindicar la NO REAPERTURA y por tanto el NO PAGO.
  9. Pero resulta que del total de la deuda pública, sólo el 44% era cancelable en dólares. El 46 % lo era en pesos, de los cuales la parte más importante ajustable por CER, el 9.7% en euros y así de seguido.
  10. Del total de la deuda, el 65.5 % estaba documentada en títulos públicos de largo plazo, dentro de los que están no sólo los canjeados en 2005, sino los que dieron en reemplazo de los depósitos a plazo fijo, deudas a jubilados, a familiares o víctimas del terrorismo de estado que no entraron al canje de 2005, etc.
  11. Casi el 65% estaba contratada a tasa fija (lo cual no quiere decir necesariamente baja para todos los casos), el 11% a badlar (tasa de los depósitos a plazo fijo), 10% a tasa libor (hoy en valores cercanos a CERO por ciento), etc
  12. Si miramos las fechas de contratación, veremos que de los 792 contratos vigentes al 30/9/2009 pasado, sólo dos tienen fecha previa al 10/12/1983, el resto fueron renovados o tomados en democracia, mal que nos pese. Esos dos contratos son del año 1967 (con el BID por U$S 120 mil dólares) y de 1977 (con el Banco de la Nación Argentina por U$S 60 millones de dólares).
  13. Téngase en consideración que los adelantos transitorios que el Banco Central le otorga al tesoro también constituyen deuda pública, lo mismo que los títulos a largo plazo que esa entidad tiene por los fondos que le otorgó en varias ocasiones al tesoro, esencialmente a Duhalde y a Kirchner (en este caso para cancelar la deuda con el FMI). Esta deuda no se va a pagar NUNCA y está bien que así sea porque el banco central no es un planeta de otra galaxia, es parte del mismo estado nacional que tiene el derecho de "señoriaje", es decir emitir un papel que tiene un costo de producción menor a su valor de mercado. En todo caso podemos analizar para que se usó, dentro del proceso de investigación que patrocinemos.
  14. El vencimiento del último compromiso es para el año 2089, CIEN AÑOS post inicio del menemato, época que no nos encontrará con vida a ninguno de los lectores de esta aburrida nota. Sin embargo, la concentración de vencimientos lo es entre 2010 y 2017, período que suma vencimientos por el equivalente a U$S 77 mil millones de dólares, que sumados a los respectivos intereses ascienden al equivalente de U$S 109 mil millones de dólares.
  15. Para el año 2010, los vencimientos de obligaciones nominadas en dólares suman U$S 6.300 millones de dólares, más o menos la cifra del fondo del bicentenario que pidió la presidente al renunciado presidente del BCRA. Quiere decir que de los vencimientos de 2010, sólo el 32% requiere de dólares, el resto es casi en su mayoría en nuestra propia moneda.
  16. El Gobierno Nacional aduce la necesidad de reabrir el canje de 2005 y cancelar al club de París para volver al mercado internacional de crédito. El estado no necesita volver a los mercados tradicionales de crédito porque tiene reservas internacionales (casi CASH) equivalentes al 68% de la deuda en moneda extranjera (ésta a largo plazo), para eso también son las reservas internacionales, para el pago de la deuda en moneda extranjera. En todo caso los que necesitan volver al mercado internacional son las grandes compañías nacionales o extranjeras que se financiaron entre 1994 y 2008 con el dinero de los laburantes y jubilados, administrados por las AFJP's, claro … era crédito casi gratuito, porque en la mayoría de los casos lo fué a tasa cero o incluso con quita del capital para el caso de las acciones.
  17. Por último, si hay una asignatura pendiente es la creación y puesta en funcionamiento del Banco del Sur, iniciativa que podría ser bastante más de lo que imaginó Chavez cuando lo formuló, superando el planteo desarrollista implícito en su formulación primigenia, pero esto es discutir relaciones de fuerza.

Que se puede hacer ? Obviamente que esto depende de la expectativa política de quien lo proponga.

  • Tenemos esta realidad y no la que quisiéramos.
  • Tenemos el antecedente de la investigación de Olmos y el fallo de Ballesteros pero se refieren a deudas de la dictadura solamente.
  • Tenemos el antecedente de la auditoría de la deuda en Ecuador, pero en un escenario que es diametralmente diferente del de Argentina
  • Tenemos las investigaciones truncadas por Alfonsón durante 1984, cuyos antecedentes aún se encuentran tanto en el Banco Central como en los archivos del propio Poder Ejecutivo.

Mi perspectiva es que se podría hacer - por ejemplo - lo siguiente:

  • Hacer una consulta popular por el SI o NO de la investigación del endeudamiento del estado nacional entre los años 1976-2009.
  • Si el gobierno nacional no lo toma, que es lo más probable, construir un movimientos que lo promueva para presionar a partir del resultado a los legisladores y al Poder Ejecutivo.
  • El objetivo de máxima es INVESTIGAR, para accionar judicialmente y lograr RESARCIMIENTO ECONÓMICO y CASTIGO PENAL. No se trata del NO PAGO, cuestión sólo aplicable a una porción mínima aunque no descartable de la deuda pública, sino de QUEBRAR la estructura de la propiedad del capital concentrado en Argentina, fruto de lo mal habido de las tenencias accionarias o de aplicarles multas tales que las obliguen a su transferencia al estado nacional o a emprendimientos cogestionados por los trabajadores, en función de los fraudes existentes. Pero también hay que apuntar a los funcionarios de gobierno y a los legisladores.

Si ya sé ..... me fuí al carajo ..... pero creo que para ser efectivo en política, hay que conocer la "realidad" que se pretende abordar. Sirvan estos pocos y desordenados datos como parte pequeña de lo mucho que tendríamos que conocer para diseñar una estrategia política exitosa en esta materia.

Sergio Arelovich

Rosario, 5 de febrero de 2010

¿Qué tal, Pascual?

jueves, 18 de febrero de 2010

¡Acabemos con el hambre y la pobreza!




Una modesta proposición:
Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una
carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público

[Sátira: Texto completo]Jonathan Swift

Dublín, Irlanda, 1729

Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.

Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.

El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.

Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.

Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.

He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.

Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.

En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.

Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.

He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.

En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.

Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.

Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.

Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.

Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.

Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.

Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.

Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.

No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.

Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.

Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.

Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.

jueves, 11 de febrero de 2010

Cría y engorde de boludos para exportación




Lecciones de lucarrasquismo
Leyendo acá, en lo de Lucas, me pregunto...
¿Y, ya que estamos, por qué no ponemos estaciones experimentales para la cría y engorde de boludos?
Mejorar la calidad de la carne de boludo debería ser un imperativo patriótico.
Un boludo aporta la dosis de proteínas necesarias para sostener a más de 10 familias duante una semana, con bajo colesterol y pleno de desoxidantes.
Los saldos exportables constituirían una apreciable fuente de divisas merced al pago de retenciones del orden del 55%.
Paralelamente se desarrollaría la industria metalmecánica, por aumento de la demanda de máquinas cortadoras de boludos, la tecnología nacional aplicada sería una estupenda exportación no tradicional, compitiendo en los más exigentes mercados mundiales, ávidos de boludos.
El efecto de la demanda agregada potenciaría actividades colaterales, como el transporte de boludos en pié, el aseguramiento de boludos y las redes de proveedores locales de insumos y materias primas.
Asimismo la ciencia básica se vería beneficiada por la generación de investigaciones genéticas para desarrollar las cepas de boludos más rentables.
En fin, el estado incrementaría sus ingresos al percibir las alícuotas impositivas que toda la "cadena de valor del boludo" tributaría.
Como se ve, puro beneficio.
Sólo quedaría por determinar quién es boludo y quién no. Una forma democrática y eficiente sería preguntarlo a cada argentino, en ocasión del próximo censo nacional.
Desde esta columna ya estamos elaborando las listas preliminares.
Seguiremos informando.

martes, 9 de febrero de 2010

Ma-ra-vi-llo-so


Para quienes suponen que un titular del "gran diario argento" puede ser una obra maestra de la insidia, la exageración, la mala fe y el contrabando ideológico, miren esta joya en el decano de la prensa argenta de hoy.

Claro, esto es rutina, así que no sorprende, indigna ni asusta.
Entonces, dirán mis estimados, pocos pero consecuentes, seguidores: ¿Qué cornos tiene de importante, original o peligroso?
Adivina adivinador:
  • ¿Dónde está el sujeto, con nombre y apellido, de esta nota? ¿Eh, eh?
  • ¿Qué papel juega el estado - municipal en éste caso?
  • ¿Quién es el perjudicado por la acción estatal?
  • ¿Propietario o inquilino?
  • ¿A quienes se les "tuvo que iniciar juicios penales"?
Denuncia en el aire, denuncia en vacío, denuncia que en vez de exponer a la luz contribuye a mantener y espesar el velo de sombras que oculta las relaciones sociales de producción.
Denuncia que ningunea el nombre de los capitalistas.
Los albañiles trabajan en un "megacomplejo" de la zona norte. ¿Cuál?
Interviene el ministerio de trabajo:
  • ¿Quién está imputado?
  • ¿Cuantas obras tiene?
  • ¿Paga aportes y contribuciones?
  • ¿En qué auto se moviliza?
Maravillas de la comunicación, dignas de una reflexión menos apresurada que estas pobres líneas que la indignación motoriza.

Salud y Resistencia



lunes, 25 de enero de 2010

“Todo lo que uno hace en la vida...”



A fines de los sesentas en el mundo pasaban muchas cosas que en aquel momento parecían importantes: Mayo francés, Invasión a Checoeslovaquia, Cordobazo, el hombre en la Luna.
Era la época en que los padres comenzaban a dialogar con sus hijos, por lo general para decirles que existían circunstancias en la vida de los adultos que los chicos no estábamos en condiciones de comprender, y que ya nos llegaría el momento, y que ojalá que para nosotros fuera más fácil que lo que fue para ellos. Esa fórmula gozaba de la incomparable ventaja de poder ser aplicada a cualquier cuestión, además de enviar el asunto hacia esa nebulosa zona del más allá temporal llamada “adultez”; qué - sospechábamos - acabaría por adulterar en nosotros todo resto de autenticidad, si bien los chicos también pueden ser flor de hipócritas.
Durante un tiempo recelamos de la buena voluntad de nuestros padres a decirnos alguna terrible verdad, hasta quizá barruntamos que ellos no tenían la respuesta, pero esta preocupación duró poco; enseguida nos dominó el terror - que aún subsiste - de no poder averiguar por nuestros propios medios las soluciones.
Lamentablemente, para cuando comenzamos a comprender que la reticencia paterna era una mezcla de mala voluntad, ignorancia, desidia y miedo, ya era demasiado tarde como para que nos importe. Muy posiblemente, de importarnos veríamos ampliamente crecidos los índices de parricidio, tal vez en proporciones semejantes a los del filicidio. Es que resulta muy difícil condenar a alguien por un delito que uno mismo está cometiendo todos los días.
Eran aquellos los días “...felices e indocumentados”. La indocumentación - sugiero - debe ser el estado ideal del individuo, cuando la vida aún no nos ha marcado, ni hemos dejado huella de nuestro paso por ella.

Añoro hermosas carencias: licencia de conductor, por ejemplo, no poseerlo me ahorraba ir cada tanto a renovarlo, y demostrarle a algún aburrido burócrata que uno es lo suficientemente estúpido como para desear meterse entre millares de idiotas que lo único que desean es llegar antes a alguna parte, para lo que compran automóviles cada vez más equipados y confortables, que les provocan el anhelo de volver a conducirlos, para ir a otra parte, que...Bueno, tampoco tenía un certificado analítico de estudios en regla, ni libreta universitaria, ni sanitaria, ni cuenta corriente con autorización de giro en descubierto. Para concluir: no tenía, en aquellos tiempos felices, que pasar por el bochorno de haber olvidado el documento de identidad en alguna dependencia oficial, simplemente carecíamos de él.
En esos años los ritmos eran distintos, una persona podía creer en algo y ser simultáneamente inteligente, categorías hoy en día incompatibles, si las hay.
En ciertos ámbitos, incluso, era muy mal visto no ejercer un desprecio militante hacia quién inocentemente supusiera que que el compromiso con la fé, con cualquier fé, podía postergarse en aras de alguna vocacional independencia de criterio. eran los tiempos de “arremangarse”. Como es de suponer tales métodos entrañaban ciertos riesgos, pero nadie podía impunemente renunciar a ellos, el grado de compromiso era el parámetro universal de evaluación: intelectual, moral, y también afectivo-sexual.
En aquellos años, en fin, la libertad era el bien supremo, pero su ejercicio debía ser acotado por la responsabilidad y la solidaridad, que otros se encargarían ya de señalarnos, de manera que pudiésemos ser responsables, solidarios, y libres...Nadie veía contradicción en esto.


II

En junio, como es sabido, las nubes suelen bajar hasta casi tocar las cosas. Ese viernes descendieron sobre el campito de enfrente de mi casa. Por alguna razón, para nada meteorológica, el fútbol no había sido de la partida; ya se sabe que es el paso del tiempo el que provoca esa misteriosa correlación entre clima y estado de ánimo.
Quizá una de las características más salientes de la indocumentación sea la que permite a su poseedor correr como perseguido por el demonio en persona detrás de una pelota bajo la lluvia y hundiéndose en el barro una tarde invernal, o dormir 18 horas de un tirón un hermoso domingo de primavera. Los ritmos vitales son otros.
Recuerdo, decía, las nubes bajas. Húmeda y gris la tarde no demoraría en irse. Este es - según la opinión unánime - el mejor momento para comenzar el día. Una sensación, mezcla de ansiedad y euforia me estiraba hacia arriba las comisuras de los labios, pero también - como casi siempre - me endurecía algún ignoto músculo en la boca del estómago.
La tarde de un viernes está preñada de posibilidad. Es el preludio de las más maravillosas aventuras, que por lo general se diluyen alrededor de las seis de la tarde del domingo. Todo puede pasar a partir de la tarde del viernes, desde comenzar un amor para toda la vida hasta programar una imprescindible revolución, que se suspenderá el sábado por la noche para concurrir a algún recital imperdible, total, siempre habrá tiempo. Hay tiempo incluso para sucumbir a la tentación de un papel en blanco, tentación que casi siempre acaba entre papeles impresos de impostergable lectura.
Después de elegir concienzudamente la ropa más rota disponible en aquel momento me escabullí por el pasillo; el frío me golpeó. La tarde no se diferenciaba de otras. Fui hacia la esquina, y - como siempre - el gordo ya estaba allí.
El gordo - Daniel - en realidad era alto, un terrible lomo, un poco de grasa abdominal, y un poco más ocupando el lugar que en otros se conoce como hemisferio cerebral izquierdo. esto no quiere decir que careciera del adminículo que muchos consideran distintivo de la raza humana, aunque hay quién objeta su presencia en algunas subespecies.
El gordo era un buen tipo, punto.
Ya había encendido su cigarrillo, como era viernes tenía un atado completo, sustraído sin duda a la vigilancia que la vieja ejercía sobre la existencia del kiosco que ayudaba a la economía familiar; por consiguiente, y sin darle al gesto demasiada trascendencia, me convidó con un “Colorado”, que acepté después de cerciorarme que estaba fuera del ángulo de visibilidad de la entrada de mi casa, no fuera cosa...
El gordo me preguntó si pensaba salir esa noche.

- Sí - dije sin demasiada convicción, y me callé. Pero la sutil expresividad de algunos silencios no lo afectó.

- ¿Adónde vas, ché? - Insistió. Ante tamaña indiferencia por mi reserva pasé a explicarle suscintamente que el paciente trabajo de “chamuyo” reiniciado un par de semanas atrás parecía haber rendido sus frutos, y Mónica - la de acá a la vuelta - por fin había accedido a recorrer algunas cuadras con un servidor para “charlar”. Verbo promisorio si los hay.
El gordo no pareció impresionarse.

- Boludo -sentenció poco diplomáticamente. No se explayó en demasía, pero supe que no le otorgaba mayores posibilidades a mi proyectada excursión. Crucé los dedos mentalmente mientras le agradecía la suave manera con que pretendía traerme a la realidad. Realidad que yo no ignoraba, pero negaba con vehemencia.
Mónica, como medio barrio sabía, suspiraba por un flaco asqueroso que tenía de sobra todo aquello que yo deploraba carecer: jugaba - muy bien - al básquet, vestía de primera, tenía auto a disposición los fines de semana, y andaba por los veinte años.
Como sabrá apreciar el lector, la competencia era dura, pero la recompensa prometía ser muy dulce.
El gordo me invitó a ir a las “máquinas”, o en su defecto al metegol: sus aventuras lúdicas de viernes por la noche no se extendían hacia territorios muy exóticos. Aparté una inexistente mosca de mi cara y proseguí mandándolo mentalmente a la puta que lo parió.
Comenzaban a encenderse las luces de la calle. Me senté sobre el buzón y encendí otro cigarrillo. Muchos autos por la avenida. ¿Adónde irían?

- Luisito -me dijo el gordo -esa mina no es para vos. Recuerdo su cara entre el humo del cigarrillo: cara de tango tenía, el gordo. Desgraciadamente no acierto a recordar la mía, de culo sería, supongo.

Le dije que no, que lo que pasa es que está muy confundida, que ya se dió cuenta que el flaco - Renato se llamaba el quía - no le iba a dar bola nunca, que era muy grande para ella, que...¡Qué otario! El flaco ya le había pasado franela en el campito, el auto, el cine, el vestuario del club y sólo le faltó la iglesia, aunque en éste último punto las versiones eran encontradas. Cuando vió que le iba a costar mucho hacerle entregar el tesoro, y encima lo empezó a cansar con su manía de ir al cine dos veces por semana, el turro la largó. Pero - ¡Advertid la perversidad! - sin decir nada, para guardarla de reserva por lo que putas pudiere.

En el fondo yo sabía que lo único que Mónica quería era un rato de charla, no quedarse en casa, y ver si le podía dar celos al chanta del flaco. De última yo podía fungir como paño de lágrimas. Aclaro que esa no fue nunca mi vocación, pero creo que por esa bruja yo hubiese sido capaz de ir caminando hasta Luján, como quién dice. Aunque - pensándolo bien - ¿Qué iba a hacer yo en Luján? El gordo, qué - recordémoslo - ante todo era un buen tipo, la vió muy clarita, mucho más que yo que siempre me creí un vivo bárbaro. Se dió cuenta que tenía que dejar que me estampe contra la pared, y pasó a otra cosa.

- Me dijo Garrote que te vió en la Asamblea de delegados de curso. - Me sondeaba. Cuando comenzaba a contestarle que Garrote no podría reconocer ni a su madre, debido al avanzado estado de ebriedad en que concurría a las Asambleas, comenzó a atronar “La chica de la boutique”, desde los altoparlantes de la calesita - Parque de Diversiones, según invocaba un colorido cartel de chapa. Señal inequívoca que empezaba la diversión para la pendejada del barrio. El quilombo que metían esos altoparlantes era infernal, pero duraba cuatro o cinco minutos, después el negro Peralta bajaba el volumen, por qué si no los muy dignos vecinos del barrio le incendiaban la calesita, la casilla rodante que le servía de morada y los metegoles, amén de meterle la sortija por el orto, como expresó en una ocasión Don Paco, que trabajaba de noche y para el que la siesta era sagrada. Hay que destacar que de haberse concretado, el hecho habría colmado los deseos del Padre Agustín, que se ocupaba de salvar almas juveniles a través de la práctica del billar en el sótano de la parroquia, compitiendo desventajosamente con la laica diversión que ofrecía el Parque de Diversiones, lo cual le generaba una ligera neurosis.

Cuando, ya en un tono menor, Sandro clamaba por su “Rosa”, pude hacerme el distraído y saludar con grandes gestos al narigón, que se acercaba a nosotros con las manos en los bolsillos y mirando a todo el mundo desde arriba. Cosa bastante inexplicable si se considera que era flaco como un fósforo, y más feo que aliento de camello; pero se ve que era consciente de alguna secreta superioridad que ni siquiera valía la pena revelar. Una lástima, si bien yo lo difamé por el barrio difundiendo que su habilidad más destacada era hacerse la paja con las dos manos.

- Hola -saludó el narigón. No alcancé a contestar que ya el gordo, sin importarle mis ansias de discreción, pasaba a comentarle:

- Decile al gil éste (por mí), que esa mina lo va dejar más caliente todavía.
El narigón algo sabía, o por lo menos siempre se comportaba como si supiese de qué se estaba hablando. Pero en esta oportunidad decidió evaluar la situación.
Yo aproveché para preguntar la hora. Me extrañó que el gringo no apareciera.

- ¿Vamos al metegol? - Inquirió al aire el gordo. Le respondí que mejor esperábamos al gringo, o al carnero. De todos modos yo no podía quedarme mucho tiempo. Tenía que pasar a buscar a Mónica por su casa.

El narigón, no sé si con ironía, o de pragmático, me preguntó si llevaba forro. Me dolió su falta de tacto. Se suponía - tácitamente - que cuando uno estaba “metido” con una mina, más aún si era conocida del grupo, la cuestión de las aproximaciones físicas pasaba a un plano más íntimo, y sus avatares eran menos socializados. Exactamente al contrario si se trataba de un “levante” ocasional, circunstancia perfecta para relatar - o inventar - hasta los detalles más insignificantes, que - de ser bien expuestos - pasaban a formar parte del anecdotario común. Puro jarabe de pico, ya que en esos años era prácticamente imposible ir más allá de algunos toqueteos, de coger, ni hablar.
Pero el narigón era irónico, sin duda. No creo que le otorgara muchas chances a mis posibilidades de verle la cara a Dios.
Traté de mirarlo con supremo desprecio por su falta de etiqueta. Creo que no se dió cuenta, porque me sonrió, y me preguntó si quería que me preste un “gamulán” nuevo, traído de Mar del Plata que constituía la envidia de todo el grupo, pero que a él lo dejaba frío. “Nunca terminarás de conocer a las personas”, me dije a mí mismo en un rapto de lucidez que no se me daba muy a menudo. Como fuese, rechacé su inesperado ofrecimiento, dado que no tenía ni un sólo pantalón que combinara medianamente con una prenda que a todas luces costaba un huevo.
El frío comenzaba a apretar, un grupito de chicos y adolescentes yiraba entre los distintos juegos. La calesita, casi vacía, dejaba de ser el centro, sus vueltas eran un parpadeo en la periferia de la atención.

- Ahí viene Vïctor -señaló el gordo.

Por la vereda de enfrente, efectivamente, pasaba Víctor. Saludó con una mano y siguió; vendría del colegio, supuse, aunque él siempre llevaba papeles, o una carpeta, o una revista entre las manos. Medio misterioso el hombre, era muy peronista, ya a medio camino entre la U.E.S. y la J.P.. Muy San Martín, Rosas, Perón. De vez en cuando jugaba al fútbol con nosotros, pero lentamente se iba distanciando. Varias veces intentó captarlo al narigón, pero éste - pese a profesarle una admiración perruna - no cuajaba del todo en el molde de perejil que el guacho de Víctor le destinaba. Conmigo renunció a cualquier operación proselitista desde que le recité dos o tres párrafos - recién leídos - del “Manifiesto”. Me miró con una especie de conmiseración, murmuró algo sobre la ceguera y pasó a otra cosa. Yo había creído impresionarlo con mi más reciente lectura, pero no hice más que confirmar mi pertenencia a algún estadío inferior de evolución política, si no humana.

Víctor - Víctor Manuel, en realidad - tenía un terrible arrastre con las minas. Flaco, chiquito, pelo negro y lacio; un cuerpito de cucaracha con una cara de muñeca de porcelana. Víctor Manuel hablaba a mil por hora, tenía verso, carisma, no importa qué. Algo magnético que empequeñecía a cualquiera que estuviese a su lado, y mataba de envidia a quién se situara unos metros más allá del radio de acción de su palabra. Solo con verlo, no más. Así era Víctor, al que admiré y odié - alternativa o simultáneamente - y al que el país le iba a jugar una trampa mortal, pero esa es otra historia. Esa tarde Víctor siguió de largo, ocupado en su incipiente militancia, seguro, y se salvó de participar en este acto.

El gringo, que estaba llegando a la esquina en esos momentos, siempre se me antojó como el contraste perfecto con Víctor. Aunque pensándolo bien era solamente que vivía un par de décadas adelantado. No era mal pibe, y conmigo siempre fue muy compinche, si bien por esa época ya comenzaban a deshilacharse las viejas afinidades. Los domingos de cancha, y los lunes de apasionado debate sobre los resultados de la fecha del fútbol, ya no eran tan importantes, ni asiduos. La renuencia del gringo a subordinar proyectos personales - léase hacer dinero - a abstractos principios sociales o políticos, lo convertían en un bicho raro para sus amigos, o directamente un reaccionario hijo de puta para los demás. Un adelantado, eso era el gringo. El punto comenzó a laburar en su salvación desde muy temprano, y zafó para siempre. Pero eso nadie podía preverlo, y a nadie le hubiese importado. Un porvenir de rata individualista no era una mercancía muy vendible por aquellos tiempos. Estaba en boga la “realización social”, objeto lanzado al mercado un tiempo atrás, y que había penetrado con notable éxito en ciertos segmentos de la sociedad.
Discutimos si ir al metegol o al billar.
José María, que recién llegaba, abogó por las virtudes de este último como juego, de la comodidad del sótano del cine - calefaccionado -, de lo bien que nos trataba el cura Agustín, y ya que estaba, de la perfección de la Doctrina Católica, Apostólica y Romana. Preconciliar, para más datos.
Huelga decirlo, José María era monaguillo y líder de Acción Católica, desde muy chiquito se esmeraba en succionar velas, y calcetines sacerdotales, pero - nobleza obliga - sus brotes misioneros rara vez eran compartidos por el gallego Agustín, salvo cuando, en una crisis de abstinencia alcohólica, se le dió por tratar de bautizarnos al gordo y a mí. A uno por judío, y al otro por hijo de padres españoles, anarquistas, y comecuras.
Algunos años después a José María lo agarraron cuando - en nombre de Cristo Rey - se disponía a colocar una bomba en un local de la J.P. Los jóvenes peronistas - o lo que fuesen - nunca creyeron demasiado en la efectividad y celeridad de los procedimientos policiales y judiciales; así que resumieron en una sola instancia la instrucción, el juicio y la condena, y lo abandonaron en un descampado - por la zona de Alvear, creo - atado de pies y manos con alambre de púa. Para mitigar la incomodidad de la situación, y darle algo en qué pensar, le colocaron a su lado, con un mecanismo de relojería, la bomba que concienzudamente había fabricado. De tal manera que su vida, o muerte, quedó librada a su habilidad en la confección de artefactos pirotécnicos.
Pero esa es otra historia, aquella tarde José María - el “carnero” - era uno más de nosotros, y su - literalmente - explosivo futuro aún no dejaba ver su negra pata.
Hecho éste que confirma la multiplicidad de líneas de desarrollo. En esa época José María pintaba para empleado, bancario más probablemente, padre de muchos hijos - uno por polvo - y rigurosas misas dominicales. Hubiese sido un ciudadano ejemplar, pagando religiosamente sus impuestos (¿De qué otro modo si no?) y votando por los conservadores; creándose con los años su particular infierno en tierra.
Como todos nosotros, por otra parte.

III

La tarde se iba. Las luces del “Parque de diversiones” oscilaban levemente siguiento el soplo de una brisa suave, pero helada. Yo seguía sentado en el buzón, y el frío comenzaba a dolerme.

- Bueno - dije por enésima vez - Yo me las tomo.

El gringo, medio desinformado, me emplazó a que le diera la revancha de un partido que le había ganado días atrás. Traté de convencerlo de la inutilidad de desafiarme, ya que lo asistían remotísimas chances, de modo que podía ahorrarse otra derrota, pero el muy obcecado cerró la discusión apelando al poco caballeroso método de recordarme que le debía dinero. Anta tal falta de tacto tuve que ceder, y prometiéndome perder lo más rápido posible para librarme del gringo, empecé a caminar hacia la entrada lateral de la parroquia, desde la que - por una estracha escalera - se descendía al sótano.
El gordo y el narigón estaban haciendo unos “tiros”. Me asombré, como de costumbre - por cierto - de su olímpico desprecio por el olor a encierro, a humedad y a pis de gato. Como siempre - también - dije al respecto, chiste ya viejo, que nos convenía la presencia del narigón, ya que absorbía en gran cantidad las mohosas emanaciones. El narigón amenazó con vagas represalias y exhortaciones a que succionara ciertas áreas sensibles de su anatomía.

El sótano en cuestión no era muy grande, no más que lo necesario para que cupiesen en él la mesa de billar, algunas sillas, un sillón desvencijado, y trastos viejos que la parroquia rehusaba desechar. La mesa era, ya entonces, una reliquia de patas torneadas, muy pesada. De cada tronera pendía una malla de red de piolines, que dos por tres se desfondaba y había que emparchar. Su paño resistía admirablemente el paso del tiempo, en gran parte debido al cuidado casi maniático que José María le dispensaba, parte de sus tareas como recipendario de la llave y responsable del orden y limpieza, carga que asumía en su rol de mano derecha del gallego Agustín, quién reconocía su capacidad y dedicación, retribuyéndolas con honor y responsabilidades, pero no con amor. Al cura le costaba amar a quién le profesaba tanta devoción, y – para angustia del carnero – prefería la compañía intelectual de daniel o el narigón, o – por extraño que parezca – la mía.

Todavía era temprano para que el cura se dejase caer por el sótano. Tenía la costumbre de entrar de sopetón, agarraba un taco de ébano - ganado en algún remoto torneo de casín - y de su manojo de llaves sacaba una (que nunca, pero nunca, cayó en nuestras manos) que abría un armario dónde guardaba su petaca de ginebra.
Para apurar un poco la cosa le expuse al gringo - frente a todos, por supuesto - mi íntima certidumbre de que nunca me podría ganar; la pena que debìa de sentir su hermano mayor frente a su torpeza, y lo necio de su conducta al no aceptar mi “paternidad”. Trataba de ponerlo nervioso. El gringo se exaltaba cuando se sentía objeto de cargadas, y quise aprovechar el lastimoso estado en que quedaban sus nervios después de un sostenido asalto. Como el lector avisado podrá advertir, mi afán exitista ya me había dominado, y lo único que quería era ganarle al gringo, lo más rápido posible, y no tanto para irme a cumplir con mi cita (y mi destino), sino para demostrar de manera indubitable mi absoluta superioridad.
Jugar con el gringo, después de todo, era una sana diversión. Tomando un poco de distancia uno hasta podía llegar a admirar la sabiduría que la naturaleza empleó para crearnos, y lo equilibrado de sus procedimientos.
El gringo soltaba vapor por las fauces - literalmente - y su rostro enrojecía hasta estallar. La descarga sobrevenía por la boca, en forma de puteadas: contra su rival, contra sí mismo y su madre, y terminaba por involucrar a toda la humanidad, con su creador incluido. Por lo demás - y esta era la parte que a mí me interesaba - era un excelente pagador. Obsérvese que no he dicho perdedor. El gringo, como cualquier hijo de vecino, odiaba perder, lo ponía de manifiesto muy explícitamante, y sufría por ello. Pero pagaba, escrupulosa y puteadamente.
Las dudas que el narigón y el gordo intentaban sembrar en mi ánimo se desvanecían con la suma de carambolas. Yo quería ganar, y ya no me importaba cuanto tiempo debería invertir para lograrlo. Cuando el resultado fue irremontable para el gringo (y mi deuda saldada) le ofrecí, magnánimo, la oportunidad de la revancha, quizás el noble hijo de sicilia contaba con algún dinerillo en sus billetera, y a mí no me vendría nada mal munirme de él.
¿Quién sabe? ¿Quién sabe? Creo que nunca jugué como en esa oportunidad.

- ¡Pagá! - Lo intimé. Debo admitir mi absoluta falta de urbanidad, pero la urgencia relega los modales. El gringo renegó de su madre, que lo había hecho tan torpe, sacó la guita y pagó. Acordes celestiales resonaban en mis sucias orejas cuando contaba la plata, ahora las posibilidades se expandían, y una pasada por la pizzería, con la consiguiente demora, ya no era impensable.

El narigón, el gordo, y José María no reprimieron su sorpresa ante la contumacia del gringo. En realidad casi todos podían alternar triunfos y derrotas con éste, pero para su desgracia la monomanía del gringo parecía ser ganarme a mí. Como, de vez en cuando, en alguna noche particularmente feliz, alguno de los otros lo conseguía, el muy burro creía estar en condiciones de superarme. La única vez que lo consiguió el hecho se convirtió en su anécdota preferida durante mucho tiempo. Todo el que le permitieron los días de reposo que demandó la cura de mi clavícula fracturada, cosa que se produjo casi sin que yo cayera en la cuenta, hata que el dolor - no excesivo, por cierto - y el asombro por perder un partido con el gringo me indujeron a visitar al traumatólogo al día siguiente.
Pero esa, sin dudas, era mi noche. El gringo me abrazó, dado que su enojo lo reservaba para sí mismo, y me felicitó por el notable avance que habían experimentado mis relaciones con Mónica desde el verano pasado, cuando la muy perra me dejó esperándola, al lado de la pileta del club, con un helado en cada mano, y mirándola cómo se iba a patinar con las amigas. Aproveché el momento de varonil camaradería que se produjo para pedirle prestado el reloj, y aclararle que si Mónica me había plantado en alguna ocasión seguro que habría tenido sus motivos, y que también yo podía ser cargoso a veces, y eso era digno de tener en consideración, y que tampoco era cuestión de cargar las tintas sobre las mujeres, que si bien - como todo hombre sabe o ha experimentado - son impredecibles, también tienen derecho a divertirse en intimidad con otras mujeres. Más allá de la impresión que tal intimidad pudiera causarme en aquellos tiempos, debo apresurarme en afirmar que hoy en día no tengo ninguna objeción hacia prácticas de éste tipo. Nada de esto, por supuesto, pasó por mi calenturienta cabeza esa noche.
Los Dioses ciegan a quienes quieren perder.

IV

Si bien la puntualidad nunca figuró entre las virtudes nacionales, como - por ejemplo - el fútbol bien jugado, ya eran casi las nueve de la noche, y tenía que - por decirlo de algún modo - adecentar mi presencia y adecuarla a mis propósitos, que no tenían por qué coincidir con ella.
La seducción, según dicen, es todo un arte, y como tal requiere de dosis proporcionadas de inspiración y trabajo. A la vista de las posibilidades que me ofrecía mi guardarropas decidí cargar un poco más la lista de tareas a cargo de la inspiración, y aposté algunos boletos a que mi viril estampa supliera la carencia de alguna prenda a tono con la época.
No es que no contara con ropa en absoluto, ocurre que mi vieja sostenía con firmeza la creencia de que entre los deberes de una madre figuraba ocuparse personalmente de la elección de la ropa de sus hijos, y no se había fijado plazos para eso; la consecuencia era que mis atavíos, no obstante ser de pasable calidad, no terminaban de encajar con la moda de la época, que no por decontractee dejaba de ser tirana. Por supuesto que estar a la moda no era de ninguna manera un propósito deliberado, creo que incluso habría llegado hasta a pelear con quién postulara que semejante materia ocupaba alguna porción de mis intereses por aquellos tiempos. Mi indignación hubiera rechazado de plano cualquier posibilidad de ajustar mi indumentaria a los cánones de la temporada. En mi descargo cabe acotar que tal actitud estaba ampliamente difundida.
Pero todos hemos de pagar tributo a los tiempos que nos toca vivir.
Con los años, después de muchas batallas perdidas - algunas sólo escaramuzas, por cierto - comencé a intuir que ése es el mejor momento: los aprestos son pura exaltación, las posibilidades están latentes, y gran parte del futuro está - para bien y para mal - en nuestras manos.
En esos maravillosos minutos previos yo podía soñar con una noche distinta: que la magia destellara un fugaz segundo, que mis labios tocaran los suyos, que no me atacara la recurrente sequedad en la garganta, que mi vista no se nublara. En fin, que no fuera yo, sino otro, más parecido al Luis que imaginaba y deseaba ser.
Divagaba en esto cuando cuando decidí, frente al espejo, que a mi rostro no le caería mal una afeitada. Nótese que no he dicho: a mi barba. La pelusa que aún se resistía a crecer en forma previsible no justificaba más que una repasada de tanto en tanto. Pero el macho humano es bastante tonto en su juventud, por ser benévolos, y yo no tenía ninguna característica excepcional a este patrón de conducta, tan bien descripto en innumerables tratados, por otra parte.
Apliqué la hoja de afeitar aquí y allá, pero el resultado aún no me satisfacía. Calculé mal el recorrido de la maquinita por un nanosegundo, y...¡Adiós patilla derecha!
Ya se sabe: no hay nada tan irremediable como un corte de pelo, menos aún en una época en que los atributos capilares constituían una zona esencial de la apariencia masculina, no tanto por sus cualidades de brillo o sedosidad como por su cantidad.
¡Terror! La más negra desesperación me invadió. Si un pozo se hubiese abierto frente a mí habría saltado dentro, pero ningún hado se apiadó. ¿Qué hacer? La menuda porción de cerebro que no sufría parálisis trató de usar la lógica. Si en circunstancias normales la disciplina me resultaba esquiva, no cabía esperar mucho en este espeluznante tris. Repasé las alternativas velozmente, descartada la muerte por propia mano, que mi cobardía no hubiese permitido. Podía dejar todo como estaba, y exponerme a apreciaciones dolorosas sobre mis habilidades manuales, o buscar la simetría, y arriesgarme a comentarios aflictivos sobre mis juicios estéticos.
Elegí la segunda opción, que al menos me permitía teorizar, actividad que, vislumbraba, iba a ser mi fuerte.
Fue por esa época que mi viejo, no sé si con sana intención, me dijo que nunca podría conquistar a una mujer sin la camisa puesta. Por supuesto que semejante golpe al centro de la vanidad personal no pasa desapercibido, y el aplomo que infunde una buena imagen de uno mismo disminuyó un tanto.
Como se puede apreciar debía confiar en el hechizo de mis palabras, la ternura que inspirase mi gestualidad y la profundidad de mis miradas. La pobreza de mi contextura física no encontraba muchos atenuantes en la calidad de mi armadura: el caballero debería confiar en el filo de su espada, la velocidad de sus reflejos, y el poder de convicción que emanara de su aura.
A esta altura de los acontecimientos el narrador adeuda aún un buen número de explicaciones. Quizás el lector atento ya haya descubierto algunas de ellas, peo no estaría del todo mal revisarlas: yo me preparaba para jugar la final del mundo, Mónica lo único que pretendía era ver si mi perfil me alcanzaba para empezar las eliminatorias. Mi currículum amoroso cabía con comodidad en un boleto de colectivo, ella jugaba ya en primera. Por último, pero no menos importante, mis hipótesis eran de máxima, yo no me detendría por mi voluntad, ella - en fin - pondría los límites.

V

Llegué a casa de Mónica en unos minutos, evitando correr la última cuadra por un mínimo derespeto hacia mí mismo. Toqué el timbre corto, prometiéndome contener mi ansiedad, o por lomenos no hacerla muy visible. Naturalmente fue inútil, la visión de Mónica, con su pelo renegrido como, como. Bueno, renegrido, lacio y largo hasta la cintura. Bastó verla- decía- para comenzar mal; disculparse por una demora de mas o menos media hora no entra en los cánones del galanteo según lo entienden los argentinos. Ella captó al vuelo mi debilidad, y su movida fue magistral: No importa –dijo, enlazándose el cabello con las dos manos - igual vamos a volver temprano. Vaciló – hace mucho frío - agregó, y una luz pasó por su rostro de camafeo, muy blanco y de labios intensos, vibrantes, tan deseables...

Le agradecí mentalmente que haya moderado la dureza de la primer frase con esa sonrisa. En todo caso lo reducido de nuestro paseo podría atribuirse al clima, y no a mi poca importancia. Aunque naturalmente que no eran excluyentes.

Caminamos hacia la avenida, a paso rápido ¿Por qué? Intercambiamos alguna que otra

información sobre lo avanzado (en su caso) o no (en el mío) de nuestros estudios. Mis miradas la recorrían ávidamente, a pesar de mis esfuerzos por mantener la vista en algún punto indeterminado entre sus ojos color miel y su labio superior. Era infructuoso, mis ojos derrapaban hacia su boca, declinaban en su cuello, en ese triángulo de piel blanca que la bufanda no alcanzaba a cubrir, para terminar inevitablemente en la curva del nacimiento de sus pequeños pechos y ¡Gloria a Dios!, en el compacto pezón que el frío marcaba debajo de su jersey.

La noche iba perdiendo un poco de la típica humedad de Junio a favor de un viento casi molesto que soplaba del lado del parque. Al arrebujarse en su abrigo la sentí un poco más distante, pero su boca me sonreía, la ternura me inundó en ese momento, y me sentí algo menos insignificante.

Parados en el cantero central de la avenida esperamos a cruzar, instintivamente estiré mi brazo para protegerla del hipotético (e improbable) peligro del colectivo que iba frenando en la esquina, y ¡El milagro se produjo! Mi mano encontró la suya, suave y receptiva. Atravesamos la calzada, me armé de todo mi escaso coraje, y no la solté. Mientras fabulaba para ella todas las aventuras que había corrido, desde el ya lejano verano en que tuvimos nuestro último acercamiento, nuestras palmas, falanges y yemas mantenían su propio diálogo, reconociéndose, engendrando una íntima tibieza compartida.

Pasamos frente a la puerta del cine, Mónica ya había visto la película (como no), pero a mí me atraía la posibilidad de pasar un rato en la oscuridad. La función estaba empezando, el hall estaba vacío, y el boletero, hurgándose la nariz, miraba fijamente el afiche de la película, como descubriendo algo que había quedado oculto a las setecientas veces que lo hubo leído antes.

Pero, bueno, su negativa a mirar de nuevo una película vista sólo dos semanas antes era extremadamente lógica, y Mónica era de convicciones firmes y gustos definidos. De todos modos para entrar al cine había que pagar entrada, para eso se necesitaba dinero, y para extraer los pesos legítimamente ganados al tano tendría que soltar su mano. Y eso no, por nada del mundo, pensé, mientras me prometía a mí mismo no cometer nuevamente la torpeza de tomar su mano izquierda.

No importa - dije, no muy convencido, pero aparentando seguridad - Vamos a la pizzeria.

Era una prueba de fuego. Acceder significaba que no le importaba que el barrio nos viese juntos. Si era una maniobra urdida para provocar los celos del flaco no pasó por mi cabeza en ese instante (y creo que tampoco me hubiese importado).Pero luego de entrar ella me condujo, de la mano, hacia una mesa junto a la ventana, previsiblemente empañada (la ventana. La mesa, también previsiblemente, estaba sólo un poco sucia).

Hablamos de nosotros: cuan insoportable era su hermana mayor, que adorable era mi hermano menor, la proximidad de las vacaciones de Invierno y la situación política del país, tema este último que quedo casi a mi exclusivo cargo. La vehemencia de mis opiniones de aquel entonces parece que me anotó algún tanto a mi favor. He aquí un punto que los sociólogos deberían investigar: La radicalización del discurso político masculino es directamente proporcional a la proximidad a una mujer deseada. Y de Mónica yo deseaba todo, desde su hálito sobre el vidrio hasta sus uñas cortas tan poco agresivas; desde su garganta hasta la curva suave de su vientre, soñados (y evocados) desde el anterior verano.

La noche avanzaba, y mis progresos, aún para un observador imparcial, eran notables. Cualquier duda que mi animo abrigara respecto de sus verdaderas intenciones al salir conmigo se disipaba al calor del formidable aliento que mi ego estaba recibiendo. Mis descripciones de la ultima votación en el centro de estudiantes provocaban francas expresiones de hilaridad. Estaba en el camino, lo intuía como cuando palpitaba el triunfo acercándose al ver a mi adversario manipular nerviosamente el taco de billar. Mónica bebía de mis palabras, mi discurso nunca estuvo cargado de adjetivaciones tan exuberantes como esa noche. Yo era “El martillo de los herejes”, que golpeaba a la barbarie, el atraso, el imperialismo, el sistema capitalista y la condición humana. Y detrás de toda la podredumbre que nos rodeaba aparecía la luminosa figura de quien seria su redentor: un servidor, a la sazón abocado a una empresa menos rimbombante pero quizás mas decisiva para su futuro inmediato: la seducción de la adolescente mas pretendida del barrio y sus alrededores; la dulce fruta que todos codiciaban y (pero este pensamiento lo aparte rápidamente de mi cabeza) solo uno había probado.

La noche huía sin atenuantes, en pocos minutos comenzaría a salir la gente del cine y a desparramarse por la avenida rumbo a sus hogares. ¿Vamos?, propuse, vagamente, intencionadamente, quizás un poco tramposamente.

No hubo preguntas, sus ojos respondían. Al salir me dirigí en sentido contrario a nuestro rumbo previsible de vuelta a casa. ¿Adónde? No lo sabía. Desesperadamente le ordenaba a mi cerebro que me diese algún indicio. Pero ya se sabe: ninguna experiencia previa tenía en el baúl de mis recuerdos, ningún manual aconsejaba para estas situaciones. Es duro enfrentarse a las propias limitaciones. Yo debía improvisar. Y – por supuesto – solo mucho después entendí que estaba repitiendo el mismo ritual en el que millones de machos de la especie habían fracasado, y vuelto a fracasar. Sólo para volver a intentarlo, la vida misma lo ordena.

A medida que sentía la boca mas seca mi conversación languidecía. Mónica parecía esperar algo de mí, y, o bien yo no sabía qué era, o decididamente carecía de ello.

Empero, aun el peor de los suplicios llega a su fin, y – como supe mucho tiempo después – este tormento agridulce tiene la belleza de lo irrepetible. El invierno decidió por mí: comenzó a lloviznar. El toldo de la panadería sirvió de refugio, mezquino y oscuro nos obligaba a aproximarnos, es decir: ideal.

Miramos juntos la lluvia, no había más palabras. Tragué saliva varias veces. Mónica me miraba sin pestañar. Ahora llovía torrencialmente, el ruido del agua sobre el piojoso toldo era atronador, acerqué mi boca a su rostro, muy lentamente, mientras nuestras manos jugaban sus propios rituales, nunca aprendidos, pero misteriosamente acompasados, como si se conocieran de toda la vida: entrelazando dedos, presionando y cediendo, cóncavo y convexo, penetrando y envolviendo. Sin ceder, sus ojos tiraban de los míos. Cuando se cerraron fue como una orden, callada, inmediata y perentoria: mis labios resecos se aproximaron a los suyos, y el destino que los dioses tejieron se cumplió; y el castigo por mi soberbia llegó, y dije lo que estaba escrito que diría:

Laboriosamente, casi susurrante: “¿Querés coger?”.


Udi, rosario, jun-2001, jun-2002