Bella Ciao, una versión "pulenta pulenta"

miércoles, 16 de enero de 2008

La Sacerdotisa

Altar, ara.
La sacerdotisa se inclina,
su cabello refulge
bajo las teas oscilantes.
Los dioses seniles aullan en su nuca.
Bajo el lino inmaculado
su pecho, excitado y vibrante
roza las hebras que me atan,
más fuertes que mil cadenas.
Con el poder y el peso del signo.
"No lo resistiré", me digo.
Pero soporto. ¿Qué me sostiene?
Ella danza a mi alrededor,
sus manos, sabias de milenios,
se hunden en mi vello.
Su boca busca mi cuello.
En la última gruta
los dioses, vacilantes,
exigen su cuota de sangre,
y ella promete redimirme.
Ella danza a mi alrededor,
sus manos, sabias de milenios,
tocan su cuerpo,
su mano señala el punto,
que es origen y meta,
placer y castigo,
deleite y culpa,
pecado y redención.
Ella danza a mi alrededor,
sus manos, sabias de milenios,
se hunden en el misterio de la vida.
Húmedas, trazan signos en mi frente,
penetran mi boca, sedienta,
con la sal de mil mares,
se detienen, acechantes
en mi pecho, palpitante,
que anticipa probables goces,
y seguros dolores.
Los dioses, exasperados,
exigen su cuota de sumisión.
Y ella, fiel ejecutante,
cabalga sobre mí,
hurtando sabiamente
su tesoro anhelado.
- ¡Cree! - ordena - y serás como Dios.
Y así decreta mi muerte.
Con un solo movimiento,
sus manos, sabias de milenios,
arrancan mi corazón.
- ¡Ya no necesitarás esto!
- exclama, y su cabellera
estalla en llamas.
Y allí me quedo,
curiosamente vivo.
Sé que respiro, sé.
Más nada siento.
Y de aquí hasta el fin,
sólo eso: saber que el mar arrulla
sin sentirlo.
"Es el precio de ser hombre", me digo.
Y es entonces que comprendo:
he elegido.
"La dignidad descorazonada".
Nunca más cierto.
udi, 14 de enero de 2008.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Viejas amistades

Recibo un correo de un amigo a quién hace mas de 25 años que no veo.En primera instancia podría cuestionarse el uso del término "amigo", dado que, en un cuarto de siglo nos han pasado tantas cosas, de las cuales no hemos tenido oportunidad de darnos cuenta mutuamente que, quizás, esa amistad sea sólo recuerdos de recuerdos, invenciones, tal vez. Exageraciones de hechos felices, o casi, y olvido de penas y agravios. ¿Quién puede sentir rencor después de 25 años?
Como sea, los primeros años del siglo trajeron la maravilla de la comunicación casi instantánea, la posibilidad de escribir, borrar y volver a escribir, de copiar algo que nos gustó casi sin esfuerzo. Y, sobre todo, la fabulosa sensación que produce manchar la pantalla con signos y que mañana alguien - de los muchos destinatarios - nos responda. Así las cosas, desde hace un tiempo hemos retomado contacto con esta persona, cuyos gustos, ideas, necesidades, afectos, son - necesariamente - bastante distintos a los de aquel muchacho con el que compartimos jornadas, vivencias, alegrías, y esas cosas que le ocurren a uno cuando es joven...
Los temas, casi siempre generales, no suscitaron ni grandes coincidencias ni diferencias insalvables.Amabilidades de índole superficial, preguntas más de compromiso que por real interés.¿Qué queda de aquella amistad forjada en días felices, o aciagos? Signos de signos, conjeturo. Como huellas en la nieve después de una cellisca.Palabras sobre palabras, hasta quizás sea posible que cuando uno diga - por ejemplo - un nombre, cada uno esté pensando en otra persona. Pero: ¿Qué sucede cuando un mensaje toca un tema desde una posición a la que no solo rechazamos en forma personal, sino - y esto es lo peor - desconocemos por completo en el acervo ideológico de la persona en cuestión? ¿Cómo encarar la situación?
Tengo para mi que ya no somos los mismos, que así como un señor con algunas arrugas, principio de calvicie y ojos algo amargados ocupa el lugar en el espejo en que debería ver al joven que una vez fui, asi, digo, alguien distinto, por completo desconocido, me escribe con el nombre de quién alguna vez fue mi amigo.
Guardo en un lugar de mi gastado corazón la huella que de aquella amistad ha quedado, la conservo entre algodones, esos instantes preciosos que nos regala la vida , merecidos o no, son trozos de memoria que nos hacen ser quienes somos.
Así que decido no responder.

Udi
Rosario, noviembre de 2007