Bella Ciao, una versión "pulenta pulenta"

lunes, 31 de marzo de 2014

En los barrios populares rosarinos se come gato, y en los de clase media, seres humanos.


En 1870, sólo un año antes de la Comuna de París y a menos de 500 km. de la ciudad luz, honorables vecinos, campesinos, labriegos, jornaleros, comerciantes y amas de casa, protagonizaron un hecho que las crónicas de aquel entonces difundieron urbi et orbi, y que la historia actual trata de relegar al olvido.
Según nos cuenta acá un tal Robert el Yankee, a los habitantes del pueblo de Hautefaye, en la Aquitania, no les cayeron bien ciertas expresiones de un ocasional visitante a la feria del lugar y  - acusándolo de una cierta actitud "derrotista" respecto al desarrollo de la guerra franco-prusiana - tomaron la instrucción del caso en sus propias manos. No satisfechos, también se constituyeron en jueces, y decretada la culpabilidad, prescindiendo de formalidades como la actuación de abogado defensor, decidieron el castigo, su oportunidad y modalidad.
Los detalles, algo escabrosos, de la forma en que se aplicó el castigo los ahorraremos en esta ocasión,  dejando constancia - sólo para el registro - que incluyeron la ablación de un ojo, amputación de diversos dedos de la mano derecha, y clavado de herraduras en los pies. En el proceso le fueron arrancados casi todos los dientes.
El acto final de esta aplicación de justicia por mano propia lo protagonizaron las mujeres del pueblo, untando en pan la grasa que caía del cuerpo del ejecutado mientras lo asaban en una pira, se supone que aún vivo, para alimentar con ella a sus vástagos, faltos de proteína animal debido a la escasez que la guerra provocaba.
Un escritor y dibujante francés nos entregó, no hace muchos años, un relato novelado de los hechos, en la huella que abriera Rodolfo Walsh y continuara Truman Capote.
Bien, varias preguntas pueden hacerse respecto a esto. Dejando de lado las morbosas, especialidad a la que parece dedicarse el autor antes citado, quién parece que leyó a Echeverría.
Naturalmente los más de 140 años transcurridos entre aquellos tiempos y nuestra esclarecida época nos obligan a suponer que difícilmente puedan repetirse acontecimientos como los ante descriptos.
O sea, descreemos que personas educadas, con recursos materiales mínimamente dignos, habitantes del siglo XXI, muchas de las cuales comulgan todos los domingos, varias de entre ellas con estudios por lo menos secundarios completos, rechacen los beneficios de miles de años de civilización humana que prescriben el cumplimiento de ciertos protocolos, debidos procesos, o - mínimamente - códigos.
Otro autor que visitó el tema nos dejó una frase con la que podríamos finalizar este artículo, se trataría, en fin, de la repetición de un rito de violencia viejo como el mundo: el asesinato de un chivo expiatorio”.

2 comentarios:

lucas carrasco dijo...

Es una infamia decir que eran franceses los linchadores. Si eran linchadores, habrán sido inmigrantes

Udi dijo...

Eran franceses, Carrasco, posta: ninguno se lavó las manos antes de morfarse al chabón.